Ricardo Ávila De amarillo a verde 11 de agosto de 2017 | Editorial | Opinión | Portafolio
Ricardo Ávila
Editorial

De amarillo a verde

Las plataformas tecnológicas para calcular la tarifa del servicio de taxis en Bogotá merecen ser usadas en pro de un buen servicio.

Ricardo Ávila
Director de Portafolio
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Ricardo Ávila
agosto 10 de 2017
2017-08-10 08:39 p.m.
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Hace unas semanas, la Secretaría de Movilidad de Bogotá anunció la expedición de varias medidas de modernización del servicio de taxis. En cuestión de días, el Distrito adoptaría un decreto que reglamenta el uso de aplicaciones tecnológicas para calcular la tarifa en los vehículos amarillos. El 31 de diciembre sería el plazo máximo para el tránsito del taxímetro a la tableta, por lo cual hay voces de rechazo a la medida.

En Colombia, los taxis han sido uno de los modos de transporte que han resistido cambios tecnológicos y que mantienen estructuras empresariales anticuadas. Una investigación de la Universidad de los Andes los llamó el “modo olvidado”, ya que la mayoría de estudios sobre movilidad los han subvalorado y desdeñado. No obstante, la aparición de opciones como Uber los han puesto en el centro del debate.

Si bien el deterioro de la calidad del servicio viene de tiempo atrás, la irrupción de las aplicaciones –que siguen en la ilegalidad, sin regulación del Ministerio de Transporte– puso el tema sobre la mesa. Según Bogotá Cómo Vamos, el 4 por ciento de los capitalinos usa el taxi como principal medio de transporte y solo el 46 por ciento se declara satisfecho. Los problemas son conocidos: cobros injustificados, automóviles en mal estado, malos tratos de los conductores, exceso de velocidad y la negación a llevar pasajeros, con la excusa del “por allá no voy”.

Las medidas en cuestión solo apuntan a la primera de estas quejas: los taxímetros adulterados. Según cifras oficiales, 43 por ciento de las denuncias recibidas se refieren a abusos en los cobros. Las nuevas aplicaciones, previa aprobación del Ministerio de Transporte, calcularán la tarifa de acuerdo con las especificaciones técnicas de las autoridades y generarán un costo conocido por el pasajero y el conductor. Quienes no tengan la plataforma en el plazo determinado, saldrían del mercado.

No sorprende que esta intención de la Alcaldía de introducir herramientas tecnológicas, sea recibida con amenazas. Un artículo del portal La Silla Vacía reporta que asociaciones de amarillos promoverían la revocatoria de mandato que hoy se tramita contra Enrique Peñalosa. Otros líderes del ramo han lanzado injuriosas acusaciones contra el burgomaestre y el Secretario de Movilidad sobre supuestos intereses económicos.

Sin embargo, el plan es factible. Hay cuatro aplicaciones aprobadas por las autoridades y otras en fila para ajustarse a las nuevas regulaciones. Tarde o temprano, lo que se pretende implantar en la capital será la norma en las principales urbes del mundo.

Faltan pasos y restan detalles clave. Uno de ellos toca a cualquier transacción que se haga mediante una aplicación: el manejo de la información privada de los usuarios. La administración tiene varios meses para desarrollar una mayor protección a esos datos y seguir educando a los usuarios y conductores sobre los cambios.

Tampoco serán estas medidas la fórmula mágica que trasladará el gremio de taxis al siglo XXI. El director de ProBogotá, Luis Guillermo Plata, en una reciente columna llamó la atención sobre otras problemáticas de los amarillos, mucho más complejas que el manejo de la tarifa: el mercado secundario del cupo y la necesaria formalización de los multimillonarios ingresos que se derivan de la actividad.

Aun así, el paso que quiere dar la administración Peñalosa va en la dirección correcta, más allá del enrarecido ambiente político actual. Mientras el Gobierno Nacional sigue sin regular plataformas como Uber, Bogotá busca adaptar elementos de esta tecnología disruptiva para mejorar un servicio que usan miles de personas cada día. Empujar a los taxistas hacia las aplicaciones es algo acorde con los tiempos actuales, aunque hay que escribir bien la plana. Queda mucha comunicación, pedagogía y diálogo para que los cambios sean entendidos y bien recibidos por usuarios y conductores.

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