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Usted afirma que “el buen manejo de la economía durante décadas ha resultado en mejoras sustanciales de los ingresos y el nivel de vida de todas las clases sociales”. ¿Cómo explicar que dos terceras partes de los colombianos creen que el país va por mal camino?
Al escribir el libro, yo mismo me sorprendí de la magnitud del progreso que ha tenido el país desde hace medio siglo, no solo por el aumento del ingreso, sino también de la educación, la salud, y más recientemente, la seguridad e incluso la calidad del empleo. Pero como lo digo al final del libro, “el progreso ocurre en forma silenciosa y suele pasar desapercibido, en cambio los retrocesos a menudo causan alboroto y atraen la atención de los medios de comunicación y los políticos”.
¿Qué implicaciones tiene que desde hace pocos años y por primera vez en nuestra historia haya más colombianos en la clase media que en la clase pobre?
Para los negocios, significa por supuesto un mercado más amplio y más sofisticado. Para la política, implica ciudadanos mejor informados y más exigentes. El problema es que en la medida en que aumentan las expectativas, aumenta también la insatisfacción. El mejor ejemplo es la salud: antes de la reforma de 1993, solo uno de cada seis colombianos tenía seguro de salud; hoy la cobertura es prácticamente universal.
Sin embargo, mucha gente que antes no podía quejarse, porque tenía que acudir a hospitales de caridad, hoy entiende que el acceso a la salud es un derecho, y por lo tanto se queja de las deficiencias del sistema.
¿Concuerda entonces con la visión según la cual el sistema de salud es, a la vez, un gran éxito en cobertura y un gran fracaso financiero?
Pues sí y no. Sí en el sentido de que el mayor problema del sistema es su insostenibilidad financiera, lo que en últimas representa un grave problema fiscal.
Y también en el sentido de que varias EPS se han visto abocadas a la quiebra por malversación de fondos y mal manejo financiero. Pero no en un sentido muy importante: el costo per cápita de los servicios de salud es todavía razonable.
El gran reto es cómo detener el vertiginoso aumento de costos por la aparición de nuevas drogas y procedimientos, que en muchos casos no son justificables en vista de su reducida eficacia.
Volvamos a los temas macro. Usted habla de la “obsesión conel crecimiento”. ¿Por qué?
Para cualquiera que no sea economista debe resultar inquietante nuestra fijación con el crecimiento económico, como si no hubiera nada más importante.
Durante mi vida, el crecimiento ha sido 4,1% por año, lo que ha permitido que el ingreso per cápita se haya multiplicado en 2,4 veces. Pero si el crecimiento hubiera sido 5,1% anual, es decir apenas un punto porcentual más rápido, el ingreso per cápita se habría multiplicado en 5,3 veces. Impresionante, ¿verdad? Por eso creo que los economistas tenemos la responsabilidad de estar obsesionados con el crecimiento, pues de eso depende que los demás logren en su vida todas esas cosas que de verdad son importantes.
Queda claro que una de nuestras grandes tareas pendientes es la desigualdad. ¿Cómo repartir mejor la torta?
Sí, la desigualdad es una de nuestras grandes vergüenzas: el 1% más rico de los colombianos recibe más ingreso que el 50% más pobre. Colombia es el quinto país más desigual del mundo.
Los otros son países africanos, encabezados por Sudáfrica con su legado de segregación racial extrema contra la población negra. Este asunto atraviesa todo el libro, desde el primer capítulo, que trata sobre la distribución del poder, hasta el último, cuyo tema son los desplazados e inmigrantes. Por eso sería simplista que yo le respondiera su pregunta con un par de frases de cajón.
Otra tarea pendiente es la informalidad. ¿Qué propone?
En un capítulo que se titula ‘¿Por qué hay tan poco empleo formal?’ se muestra que los altos sobrecostos a la nómina son una parte de la explicación. Le doy menos crédito al argumento de los ‘altos’ salarios mínimos, que es un acto de fe entre mis colegas, pero cuya evidencia es muy frágil.
Por mis propias investigaciones creo que la limitación más importante para la creación de empleo formal es que las empresas más sofisticadas no encuentran la diversidad de capacidades laborales que necesitan para innovar y ser más productivas. Por supuesto, este problema es más grave en ciudades medianas y pequeñas, que en Bogotá o Medellín.
Volviendo a las asignaturas pendientes, ¿cuál es su consejo ahora que se aproxima una propuesta de reforma pensional?
Me alegra que el ministro Alberto Carrasquilla haya decidido que haya una “reforma al sistema de protección a la vejez” y no simplemente una “reforma pensional”.
Porque lo primero exige pensar en el 80% de los mayores que no tienen ninguna protección económica, mientras que lo segundo implica concentrarse en el 20% que son en su mayoría ricos, que no necesitan ninguna protección.
Mi propuesta, que se explica en el libro, es muy sencilla: establecer una pensión básica universal no contributiva, marchitar el régimen de prima media de Colpensiones, y dejar que se afilien a las AFP solo quienes quieran hacerlo.