Bogotá: el fracaso del año

Hace 11 años, el siglo XXI sorprendió a Colombia y a Bogotá en orillas opuestas. Mientras el país se debatía como un Estado fallido, la capital se proyectaba como una ciudad modelo.

Actualizado:
Era una urbe nueva. El espacio público había sido devuelto a los ciudadanos, erigiendo andenes, plazoletas y alamedas, y desterrando a los automóviles de las zonas peatonales. Se consolidaron las ciclovías, que se sumaron al fortalecimiento del transporte público de TransMilenio, en la búsqueda de sustituir el carro privado, que hace inviable la ciudad.
Se privilegió a los inmensos sectores más pobres de la capital en todos los órdenes: salud, educación, parques, normalización de barrios, etc. Se apostó a la cultura ciudadana, sin la cual todo lo anterior tambaleaba. El sendero trazado llevaba a la esperanza.
Lo más importante de esa etapa en la historia de Bogotá fue que cambió el imaginario ciudadano. En la mente de locales, nacionales y extranjeros, la metrópoli se posicionó como un lugar grato, con perspectivas de futuro y sentido total de pertenencia. De ser una ciudad paria, flagelada por el frío maldito que amplificó el Premio Nobel, pasó a ser un cardinal destino turístico del país y el mundo. Daba gusto vivir aquí. Se apreciaba la calidad de vida. Había un sueño.
Nada de eso queda hoy. Bogotá ha perdido el rumbo. Resulta invivible. Es una ciudad fallida. Si no fuera porque sigue siendo la metrópoli nacional, bañada por el mar del centralismo, mucha gente ya se hubiera ido. Mejor dicho: mucha gente ya se fue. A buscar destinos en Medellín y Barranquilla, por ejemplo, que hoy se erigen como ciudades mejor gobernadas, con progresos evidentes, dueñas de ese hálito de esperanza y sentido público que Bogotá tuvo y perdió irremisiblemente.
A punto de abocarnos a un modelo de recolección de basuras implementado a las volandas –paradójicamente fundamentado en buenas razones ecológicas y de responsabilidad ciudadana–, y con un pico y placa que sí y que no, y que nunca debió cambiarse, sería injusto echarle la culpa únicamente a Gustavo Petro. A su estilo camorrero, su improvisación, su petulancia, a la forma como está promoviendo la confrontación social a partir de la desigualdad.
Con esta van tres administraciones de desgracia. El país brilla. Su capital se ha eclipsado. Los ciudadanos somos conejillos de Indias. El caos de Bogotá se extiende a la Sabana. Ojalá algún día haya un juicio histórico. En todo caso, la responsabilidad es mía, suya, de todos los que nos quedamos callados. Democracia no es votar o no votar, es vigilar, participar y exigir.
Bogotá vive en sala de crisis. El fin de un mundo ya comenzó acá.
CARLOS GUSTAVO ÁLVAREZ G.
PERIODISTA
Temas relacionados

En este portal utilizamos datos de navegación / cookies propias y de terceros para gestionar el portal, elaborar información estadística, optimizar la funcionalidad del sitio y mostrar publicidad relacionada con sus preferencias a través del análisis de la navegación. Si continúa navegando, usted estará aceptando esta utilización. Puede conocer cómo deshabilitarlas u obtener más información aquí