La cartera de Pandora

La monotonía de la vida cotidiana nos impide observar maravillas, como la que constituyen los bolsos

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Ahora que el otoño nos trae su propuesta de moda, no sobra reconocer su carácter mágico, al cual esta columna se asoma por primera vez en la historia contemporánea.
Comencemos por decir que las carteras o bolsos de mujer, que para efectos de síntesis en este artículo llamaremos 'la cartera', y diferenciaremos de la que se le perdió a Larry Harlow, tienen un antecedente en el Mito de Pandora. Ella, hecha por Zeus, es considerada la primera mujer. Se la llevaron al humano Epimeteo, que tenía un baúl, caja, jarra o ánfora.
Tentada por saber su contenido, Pandora abrió lo que fuera y resultó que se le salieron un jurgo de plagas para atormentar al hombre, como la gota, la ira, la envidia, los políticos, los contestadores automáticos y call centers de las empresas de servicios y telecomunicaciones. Cuentan que Pandora, atortolada, alcanzó a cerrar la cartera antes de que escapara la esperanza, aunque otros reclaman, ¿sí? no Jonás, ¿y qué hacía la esperanza metida entre tanta pendejada?
En fin, desde Epimeteo hasta Armani, la cartera se asemeja a algo que puede contener una cantidad infinita de cosas impensables. Se guardan allí una multitud de objetos clasificados en precisos grupos genéricos: asépticos, estéticos, prácticos, de ferretería, pinzas, más varios tipos de otras carteras, como la de las tarjetas incontables y la de los cosméticos.
El orden de esa barahúnda es aleatorio. Los tres objetos que suelen perdérseles a las mujeres -las llaves, la ficha del parqueadero y el celular- casi siempre están ahí y son hallados justo antes de salir a poner el denuncio.
Hacendosas y harto dadas a la armonía, las mujeres suelen cambiar de cartera todos los días, buscando consonancia cromática con respectivo vestido, y traspasan, entre las 7:17 y 7:18 de la mañana, todos los objetos de una a otra. Las carteras tienen pliegues, recovecos, bolsillos secretos y meandros en los que casi siempre se les queda algo, quién sabe.
La magia se completa cuando las mujeres entran en traje de noche de fantasía, al que debe acompañar una cartera minúscula, opuesta en tamaño y protuberancia a la habitual. Ellas, discreta y hábilmente, son capaces de acomodar allí los mismos objetos por grupo genérico, que caben en la minucia como si pasaran por un baño de chiquitolina.
A menos que tengan un marido chalequero, o se las rapen, las mujeres no entregan su cartera a un hombre para que las abra. Cuando eso pasa, el varón entra en un universo en el que casi nunca encuentra lo que le mandaron a buscar. La ubicación más obvia se vuelve abstrusa, y el macho vuelve derrotado y colérico, descargando en la fémina la frase "¿dónde es que está esa vaina?".
La cartera de las mujeres es el antepasado del sombrero del mago. De allí puede salir cualquier cosa, como un artificio de fantasía. Las muchachas universitarias que no han entrado a la etapa productiva, sustituyen la cartera por un morral explorador, regido por similares reglas, pero con cuadernos. En ambos, la esperanza de saber qué diablos cargan es una quimera.
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