Fotos de ayer y de hoy

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Hace un tiempo no muy lejano, las fotos eran objeto de magia y fortuna. No era terreno el hecho de introducir un rollo en la caja negra, para que terminara convertido en una imagen fantasmal llamada ‘negativo’, de la que brotaban, como en sutil artilugio e impresos en papel, los recuerdos de momentos llamados ‘retratos’.
La bienaventuranza surgía, por otra parte, de tener una cámara y la habilidad necesaria para introducir el rollo virginal y sacarlo sin que se ‘velara’, que era el antónimo fatal.
Cámaras había poquitas, casi siempre instaladas en las manos de un vecino privilegiado. Las mostraba ostentoso a ellas y al producto de la unión en sus entrañas oscuras con el fantasioso rollo. Habría de pasar mucho tiempo de la vida propia, muy poco en la historia desbocada de la técnica en el mundo, para tener una.
Era distinta, claro, más pequeña y simplificada, en la que se introducía una especie de carrete que ahora contenía la película y que se devolvía como por sortilegio.
Las fotos en papel seguían acumulándose en álbumes de nostalgia, en cuyas páginas amarillentas pasaba la vida como es: suma de instantes, división de sentimientos que va sumando en años lo que nos resta de vida y nos multiplica de incertidumbres.
Todas esas fotos tenían una característica prístina: la gente no posaba para ellas. Era ella misma y no su imagen. Salvo las fotos de estudio, que se inmortalizaban en Serrano y Artefoto. Estas eran imágenes ‘trucadas’ con esmero, con fondos de telón especiales e intervenciones cromáticas que convertían los rostros criaturas de luz.
Eran tan naturales las fotos de entonces que no era extraño encontrar rostros mohínos y expresiones de fastidio, que les amargaban el rato a las sonrisas.
Todo cambió cuando la tecnología le dio la vuelta al mundo. Tomar fotos se convirtió en una obsesión juvenil. Ya no hay papel que acoja esa avalancha y no es necesario, porque ahí está el ancho mundo de las memorias digitales, la capacidad de los celulares y tabletas, y el continuo rebotar de los instantes captados, en el peloteo de los dispositivos.
Por razones de evolución odontológica, la sonrisa de hoy se diseña. Hay dientes menos sobresaltados para mostrar con orgullo. Nos ha permeado el modelaje, doblegado el imperio de la imagen.
Hasta en las más sencillas fotos de familia hay alguien posando, cuando no todo el grupo involucrado en una performance.
La frase “pero te ves distinta en la foto” es, cada vez, más frecuente. En parte, porque es difícil distinguir una criatura del Photoshop de un ser real. Quién iba a pensar que ahí estaba el secreto de la eterna juventud.
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista
cgalvarezg@gmail.com
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