La ‘Generación Ni-Ni’

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Un fantasma recorre el mundo: el de la frustración. Así podría parafrasearse la descripción de un componente incendiario que aviva manifestaciones en el universo. Desde la ‘primavera árabe’ hasta la plaza Taksim. Desde el número de parados en España hasta la revolución del vinagre en Brasil, y el caldo de cultivo de intolerantes barras bravas y delincuentes de América Latina.
El mundo real dista de la tierra prometida y del ecuménico espejismo virtual del buen vivir.
En el centro de ese corazón sangriento está la llamada Generación Ni-Ni. El término parece eufemismo. Sirve para designar al sector de la población que ni estudia ni trabaja.
Traslación acomodada del acrónimo inglés Neet: Not in Employment, Education or Training (ni trabaja, ni estudia, ni recibe formación).
Jóvenes en edad escolar, masa conflictiva de problemas generacionales con la educación y el empleo, con las relaciones de pareja y la noción de la vida a largo plazo. Y con una certeza filosa y cruel: que no van a vivir mejor que sus padres. Al menos, no por las vías legales. Ni por mucho tiempo.
Tienen entre 17 y 30 años, pero cada día son más jóvenes. Se les suele ubicar provenientes de familias con bajos ingresos. Desertan de la escuela a una edad tan temprana como en la que suelen abocarse a una paternidad precaria.
La línea que separa el ocio de la vagancia es muy frágil. Y la noción de familia que los hubiera podido sostener ha volado en átomos. No tienen plata para cubrir lo básico, mucho menos para tributar al ideal consumista. Y tienen una pelea casada con el estudio.
“Sin proyecto de trabajo vocacional ni perspectivas de crecimiento personal, temerosos, indecisos, paralizados en su proceso de crecimiento, sin capacidad de tomar decisiones, instalados en el confort familiar –escribe Alejandro Schujman, autor de Generación Ni Ni–. Lo que define la condición de Ni-Ni, valga la paradoja, es la indefinición”.
Promediando las cifras de Europa y América Latina, de Japón y África (donde las tasas bordean el 37 por ciento), pueden al alcanzar un escalofriante 25 por ciento.
Las crisis económicas potencian su vulnerabilidad. La delincuencia organizada lo sabe. Y por eso los tienta con pajaritos de oro. Y los inserta en paraísos breves, donde conviven con la droga y se enseñorean con la muerte.
El libro de Schujman no se ensaña con ellos. Ofrece otra mirada a los jóvenes que ni estudian ni trabajan. Han construido una nueva subjetividad. Postergan sus etapas vitales, transitan como ectoplasmas entre el mundo real y el virtual. La vida comienza después de los 30. Antes, es el tiempo de probar. De equivocarse. Ya veremos, ¿después?
Carlos Gustavo Álvarez G
Periodista
cgalvarezg@gmail.com
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