El puente está trancado
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El 28 de abril escribí en el blog ‘507 palabras’ (Portafolio.co): “obras tan bonitas e imponentes como el puente de la Calle 100 sobre la Carrera 15 en Bogotá, de próxima inauguración, terminará sosteniendo un trancón de vehículos, pues el flujo está limitado al oriente por el semáforo de la Carrera 11 y al Occidente por el rojo de la Carrera 19, ambos tributados de autos por otras arterias, como ya pasa con el aparatoso puente de la Calle 100 sobre la Autopista del Norte”.
Cuatro horas después de la inauguración, la fila de carros que circulaba de oriente a occidente reposaba sobre el puente como una culebra indolente. Dicen que es la novelería, cuestión de ‘sincronizar los semáforos’ y de hacer unos ajustes, mientras multiplicados policías de tránsito se le miden diariamente al atasco.
No va funcionar como una solución integral al sistema circulatorio del sector, del que el viaducto es sólo el segundo piso. A lo planteado en ‘507 palabras’, se suma cada día el nudo ciego en la glorieta y el apelmazamiento de la Carrera 15 y las vías paralelas.
El puente es una interesante obra de ingeniería, que a su factura estructural se sumó el mérito escaso de la entrega puntual. Pero no se puede hacer una inversión de 46.000 millones de pesos por valorización para quedar en las mismas o ligeramente mejor. ¿Por qué no funcionan los puentes en Bogotá, y permanecen trancados como el de la 116 y la 127, sobre la ‘autopista’, sentido occidente-oriente o el de la 100 a la inversa?
A los puentes los colapsa el incontenible flujo vehicular y la tímida intervención sobre el sistema general que los afecta. De los 32.320 carros nuevos que se vendieron en Colombia en marzo del 2011, una cifra récord, que casi dobla los del mismo mes del 2010, por lo menos la mitad se injerta en las arterias de la capital.
El sistema general lo conforman, entre otros factores, los semáforos aledaños a los puentes (¿qué tal el ubicado a la altura de la Clínica Reina Sofía, que mantiene trancada la 127?), la temerosa y demorada apropiación del espacio público, que conlleva la construcción de orejas mochas, equinas o a su inexistencia (Calle 100, Calle 116), la demora en estructurar soluciones simultáneas aledañas, el caos del transporte público (multitud de rutas, carencia de disciplina para recoger y dejar pasajeros), y esta gaseosa y acomodaticia cultura ciudadana de los habitantes de Bogotá.
Vale la pena mirar el asunto, con algo más que un parte de ‘todo bien’, o vamos a terminar con el carro encima y la moral por el suelo.
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