Ralph, el demoledor

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Las malas decisiones suelen nacer también en las mejores intenciones.
Quien busca dirigir una nave a un destino feliz, debe aprender que no basta con las ganas de llegar: es necesario consultar las cartas de navegación, saber liderar la tripulación y no pensar que el propósito egoísta puede más que la realidad tozuda.
Todo lo anterior se confirma cada día en el “cambio” del sistema de recolección de basuras en Bogotá.
Más allá de abocar la ciudad a una emergencia sanitaria, el problema se resolvió como en La Haya: con otro lío.
Los camiones repartidores cambiaron de calendario agobiando su podredumbre en Cartagena.
Y fue necesario llamar a los defenestrados operadores privados para que volvieran a tomar el control del caos.
Ello, sin prever un largo fin de semana de Navidad y Año Nuevo, en el que la recolección de desperdicios clasificados en blanco y negro tocó jugarla al tute.
Altísimo precio para bajar las tarifas y dejar al descubierto, una vez más, las escasas culturas política y ciudadana de los capitalinos. La campana salvó al alcalde.
Más exactamente las campanas de Navidad. Jingle Bells. Nadie iba a detener la celebración o el éxodo para defender la ciudad, desocupada bajo el sol irritante y chapoteada de desechos.
Coincidió esta ataxia administrativa con la lectura del libro “Perfiles temerarios” (las peores decisiones de la historia y por qué fueron erróneas).
Alan Axelrod se dedica a escarbar los momentos determinantes desde la Guerra de Troya hasta la definitivamente torpe administración de George W. Bush, con el fin de explicar por qué “todas las personas hemos actuado alguna vez de manera ‘estúpida’ o irresponsable o alocada”.
El título se entiende mejor cuando se hace evidente que toda mala decisión, especialmente si es pública y afecta a un colectivo, es una temeridad y le son válidos los ocho conceptos equivalentes, que incluyen la barbaridad y la insensatez.
Muchos de quienes toman las malas, las peores decisiones, suelen justificarlas como si hubieran sido alumbradas en una epifanía. Transitan sin rubor del sarcasmo al cinismo, apoyados en el cayado de la justificación ilusoria.
“Estamos perfectamente preparados para ello”, aseguró el presidente Bush, cuando ya el Katrina era una debacle evidente e inminente. “Navidad limpia y aseada”, twitearon en Bogotá,¡ja, ja, ja, ja!
Hacía mucho tiempo que Disney no se destetaba de Pixar y producía una película como “Ralph, el demoledor”.
Sin el ánimo de correrle la butaca al cinéfilo Mauricio Reina, la recomiendo como una buena alternativa de diversión familiar para este fin de semana de puente. Buena historia, interesante desarrollo y atractivos y entretenidos personajes.
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista
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