Reparación a víctimas con título

Si algo es necesario en este caso de la educación es el Estado
La educación tiene que volver a

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Los grados son momentos emocionantes, recuerdos indelebles. El graduando -bachiller o profesional- se atavía con las mejores galas, y ellas se mandan a peinar y maquillar. La constancia suprema del suceso son las fotos. Registran el instante con la familia, antes de salir a una celebración merecida.
La mayoría cumple una ilusión, finaliza un camino de sacrificio. Ha representado esfuerzos económicos de los padres o del graduando, que trabajó para pagarse una carrera. La promesa del sistema habilita una esperanza de cambio de condiciones de vida y una expectativa de ingresos, como recompensa a la inversión. ¿Y si años después volvemos a tomar la foto?
Puede que las sonrisas, como emblema de esperanza, hayan desaparecido. Si son bachilleres, una parte significativa de los que pudieron entrar habrá desertado de la universidad, por costosa o simplemente porque la necesidad de incorporarse a una fuerza productiva no calificada o de rebusque los impele al abandono; o por falta de interés. A unos graduados les irá bien; otros, recibirán un estipendio de tristeza, que no compensará la inversión ni alcanzará para una vida mejor.
Un porcentaje no hallará empleo en lo que sabe y tendrá que habilitarse para la supervivencia. Un ánimo de frustración poblará corazones que recibieron una promesa de futuro para su vocación. El asunto es real. 'Aumentan facultades de odontología y el número de egresados, pero la oferta laboral es escasa'. Y es dramático: de 36 facultades, salen anualmente 1.000 odontólogos, a ganarse en promedio mensual un millón de pesos. 16.000 están sin trabajo.
¿Y las otras carreras? Resulta paradójico que el Sena continúe su admirable labor abriendo 74.800 cupos para el primer trimestre del 2011, como respuesta 'a los requerimientos del mercado', y las universidades y otras variopintas instituciones 'educativas' produzcan egresados como palomitas de maíz, que van a engrosar la apabullante informalidad y el denigrante subempleo de toga y birrete.
Juan Manuel Santos ha declarado: "Mercado hasta donde sea posible, Estado hasta donde sea necesario". Si algo es necesario en este caso es el Estado. El Gobierno acaba de lanzar una política educativa para la prosperidad, que busca la educación de calidad, y que ojalá, en el punto 'educar con pertinencia para la innovación y la productividad', se meta de lleno en regular el mercado de la oferta educativa, porque aquí a nadie se le niega ni una universidad, ni un instituto, ni una iglesia.
 Urge en ese contexto aprobar pronto la ley del primer empleo, como parte de la creación de 2'500.000, una correspondencia mínima con la necesidad laboral, que ojalá comprenda también a los mayores de 40 años. Porque padres e hijos están en la misma olla. La educación tiene que volver a ser un factor de esperanza, de sueños cumplidos. Hay que ver si a los 300.000 alumnos de secundaria que se van tirando el año, los tiene acorralados la dureza de las pruebas que cambiaron la promoción automática o el no encontrarle sentido al acto pedagógico, aún en medio de la orgía tecnológica.
El Estado tiene que meterle coraje al asunto, o muchos seguirán yendo al colegio a matar, matonear, emborracharse o drogarse, a quedar embarazadas. Y la foto de grado seguirá... degradándose.
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