Semana Santa: sí al bikini
Pocas Semanas Santas habían cogido al país tan mal parado moralmente como la que comienza.
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Sobre el bienestar de millones de colombianos que siembran en el campo del trabajo honrado, en el que la transparencia de los asuntos colectivos germina la confianza de una nación, está cayendo un duro invierno de corrupción, crimen, delincuencia y demencia, tan grave como el aguacero perpetuo, y sin atisbo de una declaratoria de emergencia ética.
Esta reflexión primera, tan incómoda para quienes están empacando maletas y poniéndose su alma de vacaciones (‘Esta Semana Santa no al pareo, sí al bikini’, señala el copy de una crema antiarrugas), permitirá que me clasifiquen en la cansona falange de los ‘apocalípticos’.
Lo asumo. Hay un país pujante y próspero, que muestra con orgullo nuestro Presidente en el exterior. Pero hay otro viral y tóxico que lastra la esperanza, reduce el futuro a la minúscula pero corajuda ración del rebusque diario, irrespeta la vida y nutre una agenda de noticias que nos llena cada vez menos de pavor y nos contamina de indiferencia.
El iceberg descompuesto de la contratación ha dado la razón a quienes certificaban que el carcinoma de las Farc era nada frente a la metástasis de la corrupción.
mpresarios privados y funcionarios públicos se han llenado los bolsillos saqueando el presupuesto oficial que alimentan las riquezas del país y el trabajo de sus compatriotas, arduamente tributado con impuestos. Los organismos que debían poner límites y velar por el erario sagrado se taparon los ojos. Siguieron la caravana del desfalco.
Además, están esas enfermedades de todos los días: el alcohol y los borrachos asesinos impunes, las bandas criminales, los territorios inexpugnables, la informalidad, la captura del Estado, el deterioro de las ciudades, la intolerancia, la paulatina destrucción del núcleo familiar. Y tantos becerros de oro que adoramos postrados: vanidad, egoísmo, soberbia, altanería...
En aras de propiciar un espacio de reflexión, como debería ser este tiempo en el que Jesús ofrendó su vida para restaurarnos, mencionaría cuatro plagas que nos están arrasando, sin que se ablande nuestro endurecido corazón de faraones. 1. La codicia, que nos ha conducido a un afán de despojo: todo queremos robarlo, sustraerlo, tomarlo, saquearlo, malversarlo, desvalijarlo. Nos hemos convertido en desguazadores consumados, tanto de los bienes como de de la vida. 2. El despilfarro: no cuidamos nada, dilapidamos todo. A nuestro paso caen la naturaleza, el respeto, la amistad, el amor, el temor a Dios. 3. El desinterés: por el bienestar colectivo y el cuidado común. Nos concentramos en nuestras avaricias. 4. El descuido: por el mundo, por nuestro prójimo, por nosotros, por nuestra alma, por la trascendencia.
Semana Santa: besemos a Jesús y volvamos a entregarlo para que lo crucifiquen.
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