Siete mil millones

Hay quienes consideran que las generaciones posteriores a la mitad del siglo XX, fracasadas también

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Dentro de pocos meses, en algunos contados días de este 2011, la tierra tendrá 7.000 millones de personas. Como bien lo sugiere National Geographic en el primero de una serie de informes sobre el suceso demográfico, podría ser un chino o un indio, pero el chupo lo puede comprar cualquier país del mundo. La cifra durará poco. Si tenemos en cuenta que cada año nacen 80 millones de personas, el personaje niña o niño permanecerá unos segundos en el contador, antes de que chille el bípedo siguiente. Y si los pronósticos no se revierten, seguiremos incrementándonos hasta ser 9.000 millones dentro de 30 años, cuando sean los hijos y los hijos de los hijos del autor y de muchos de los lectores, los que tendrán que apretarse para sobrevivir como hormigas, hacinados en las ciudades. El asunto suena inmediatamente apocalíptico. Parece escrito por San Juan, interpretado por Nostradamus, predicho por Orwell en sociedad con Huxley e impedido por los Mayas, que no fueron tan alegres y decidieron apagar este universo en diciembre del 2012. Muchos creen que son más acertados estos últimos, cuando ven la serie de tragedias que vienen azotando al mundo, la destrucción del medio ambiente, el apiñamiento calcinante en las urbes, el alboroto de dominó en el Medio Oriente y la vista de pobres y desposeídos multiplicados, que parecen ignorar la base mercantil de la década: el crecimiento de una clase media consumidora y pudiente que salvará al capitalismo de su colapso. Aunque hay gente preparándose para el fin del mundo, resulta más alentador pasar del 2012. Especialmente para quienes tenemos tantos asuntos pendientes que tratar y nos levantamos cada día pensando simplemente que es el primero del resto de nuestra vida. Pero el alentador panorama se oscurece ante el voraz consumo de los recursos naturales y la extensión de la pobreza con su impacto ambiental. Hay gente que piensa que tenemos un mundo ancho, pero lamentablemente ajeno, mal distribuido y apropiado por manos mezquinas, y que así no más, en este momento, todos podemos caber con una distancia de fila militar, en un territorio del tamaño del estado de Texas. Consideran que podemos crecer con total frescura, sin pisar el acelerador del control natal, que para muchos es el único pedal que detiene este desastre. Otros consideran que las generaciones posteriores a la mitad del siglo XX, fracasadas también en el propósito de construir un mundo mejor, si por ello se entiende mínimamente sostenible, tienen una última posibilidad de redención antes de abandonar el peladero. Entendiendo esto último como un compromiso con una forma de vida orgánica, que mediante la suma de comportamientos individuales antitóxicos y solidarios limite el efecto mortal de la sociedad de consumo y libere al ser humano de su ancla materialista, llevándolo a la espiritualidad y otorgándole la trascendencia que merece. Así que mientras unos se califican para fortalecer sus garras en la lucha capitalista, otros se asumen como responsables no sólo de sí mismos, sino del Universo, apoyándose más en sus comportamientos de vida cotidianos, y sin centrarse, pero tampoco descartando, un trabajo sereno contra la fecundidad para el desastre. Cualquier opción nos tocará, definirá nuestra vida. Y hay que tomarla, aunque sea para llevarle la contraria al lúgubre de Malthus.
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