El cliente, superdesprotegido

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En reciente artículo publicado en El Tiempo, la Presidenta de Asobancaria hace alusión a las fortalezas de las entidades bancarias que operan en nuestro país, siendo su solidez la primera y la más importante de ellas. Tiene toda la razón la dirigente gremial al recordar que nada más peligroso que un banco que reporte pérdidas sistemáticamente, a menos de que se trate del Banco Central, el cual lo puede hacer, pero en el cumplimiento de sus funciones constitucionales y legales (¿hasta cuándo y hasta cuánto?).
Por el contrario, los resultados financieros de la banca comercial –casi toda ella en manos del sector privado– son cada vez más extraordinarios, y tal situación, además de una cierta dosis de envidia, a los usuarios del sistema debería infundirnos tranquilidad y sosiego, y permitirnos conciliar el sueño sin sobresaltos ni contratiempos. Sin embargo, no todo es felicidad absoluta ni color de rosa. En esta relación entre la banca poderosa y el usuario de a pie, se presentan cada vez más situaciones en que este último está en condiciones de tremenda inferioridad. Me refiero concretamente a las sumas importantes de dinero que permanentemente los humanos ‘bancarizados’ estamos en riesgo de perder por los delitos que se cometen a través del mal llamado dinero plástico.
Lo digo y afirmo con conocimiento de causa por haber sido recientemente protagonista o mejor víctima de uno de estos episodios. Esta denuncia no tiene ninguna motivación personal, sino el propósito de convertirme en portavoz de los miles de clientes que a diario y sin ninguna responsabilidad personal, ven desocupadas sus cuentas bancarias. La famosa ‘clonación’ de las tarjetas se ha convertido en una verdadera epidemia de proporciones inaceptables. Por el solo hecho de relatar mi dolorosa experiencia reciente en cuanta reunión social, profesional o académica he asistido, me he encontrado con la triste realidad de que a la mayoría de los contertulios o a personas cercanas a ellos, también les ha ocurrido, y lo más grave es que en muchos casos la entidad bancaria involucrada, acudiendo a un tecnicismo o leguleyada, logra eludir su responsabilidad. Se desmonta por las orejas para seguir reportando cuantiosas utilidades a sus accionistas.
¿Qué culpabilidad puede tener un usuario financiero que manteniendo permanentemente en su poder la apreciada tarjeta plástica –incluso durmiendo con ella– le aparezcan simultáneamente transacciones en diferentes lugares de la geografía nacional? ¿Dónde se origina el fraude? La primera explicación no es otra que al interior del banco mismo, duplicando la banda magnética. Otra explicación, que en mi caso personal adujeron representantes del banco (no importa cuál) es que el problema está en el momento en que uno ‘moderna y profesionalmente’ hace uso de la tarjeta en un establecimiento comercial cualquiera y ahí en el datáfono se materializa el fraude.
Como quien dice, otro temita para que lo discutan y analicen los dirigentes de Asobancaria y Fenalco, si es que aún se pueden sentar juntos a manteles. Después de lo ocurrido a tanta gente del entorno cercano (La vida de los otros), me he dedicado a recomendarles a mis hijos, alumnos y relacionados que se desbancaricen lo más posible. Que carguen en sus bolsillos todo el efectivo que puedan. Al menos uno tiene cuantificado el riesgo. En el banco esto no es posible.
¿Qué gana uno con que le bajen los intereses, si por el otro lado le sustraen el capital?
Gonzalo Palau Rivas
Profesor de la Universidad del Rosario
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