Enfermedad holandesa y...

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Comentaristas reconocidos en el ámbito nacional y con presencia en este importante medio de comunicación, denuncian que Colombia –o mejor su economía– puede estar siendo afectada por lo que en la literatura económica se conoce como enfermedad holandesa.
Según este concepto, cuando una economía es beneficiada por una súbita bonanza originada en recursos del subsuelo, tarde o temprano se va a ver aquejada por serios problemas: “apreciación de la moneda, destrucción de su agricultura e industria, pérdida de empleos y empobrecimiento de varios sectores”.
Se supone que esto le debió haber ocurrido a Holanda por allá en los años 60, cuando en su plataforma marítima se encontraron ingentes reservas de gas, utilizables a su vez como fuente sustituta de energía, diferente al tradicional oro negro.
Sin embargo, si uno mira la realidad actual, económica y social de ese país, se da cuenta que Holanda es una de las tres economías que en este momento de crisis saca la cara por la Zona Euro, tiene uno de los ingresos per cápita más altos del mundo y, para rematar, una de las mejores y más equitativas distribuciones del ingreso.
Si estos son los síntomas de la ‘enfermedad holandesa’, ¿qué más podría uno desear que ser ‘golpeado y afectado’ por esta clase de dolencias? Haríamos ya parte del mundo desarrollado, por encima países hoy agobiados por niveles insostenibles de deuda.
Ahora, si la preocupación es la revaluación o apreciación del peso, sigamos el buen ejemplo de Ecuador, que al haber suprimido el tipo de cambio, por simple sustracción de materia ha eliminado su volatilidad e incertidumbre y, por consiguiente, su impacto negativo sobre las exportaciones.
Cambiando de tema, pero haciendo alusión a algo que se ha convertido también en tema obligado en las reuniones sociales –como es lo concerniente con los efectos del calentamiento global–, hay que admitir que los habitantes de la capital del país lo que más desearíamos es poder disfrutar de un par de grados más de temperatura.
La inclemencia del tiempo, que en estos días hemos estado viviendo, nos hace pensar con delirio sobre la viabilidad de que el clima en Bogotá pudiese incrementar su nivel calorífico.
De acuerdo con los expertos en la materia, el calentamiento global –fenómeno totalmente desconocido en estas lati- tudes– está poniendo en peligro la sostenibilidad del planeta por su efecto devastador en las zonas de glaciares, que son, a su vez, la fuente primaria de los recursos hídricos necesarios para la conservación del medio ambiente.
Teniendo esto claro, uno, como residente en la cada vez más gélida capital, piensa que si el hombre hace 40 años pudo poner los pies en la luna, ¿no será hoy técnicamente posible desviar o canalizar esos grados de temperatura que en algunas regiones están sobrando, hacia lugares donde esos dos o tres grados nos harían la vida más placentera y llevadera?
Como en el tema de la riqueza, los problemas no se dan por sus niveles absolutos, sino por su mala distribución.
Lo que a unos les sobra, a otros les hace falta, y el reto es diseñar buenos y eficientes mecanismos de redistribución. A Colombia y a Bogotá, les vendría bien cierta dosis de enfermedad holandesa y un poco de calentamiento climático.
Gonzalo Palau Rivas
Profesor de Economía, U. del Rosario
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