¿Oro negro desteñido?
No queda otro camino que buscar cómo reemplazar el mercado perdido y llenar el hueco generado.
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Abundante literatura está circulando acerca de las favorables perspectivas para EE. UU. en materia de fuentes energéticas. La Agencia Internacional de Energía estima que para el 2017 se convertirá en una economía autosuficiente en este campo, gracias a los niveles de producción de petróleo y gas no convencional (como acertadamente lo explicaba en Portafolio Miguel Gómez).
Tan solo en petróleo, EE. UU. va a ocupar el primer lugar mundial con una producción anual de casi 11 millones de barriles diarios, superando a Arabia Saudí, hasta ahora la reina del mercado.
Recordemos como simple dato anecdótico que la meta del Gobierno colombiano es llegar a una producción de un millón de barriles diarios, o sea la décima parte de la norteamericana. Alguien dirá que la comparación no es válida, sino odiosa, pero no sobra recordar que el territorio de EE. UU. es solo 9 veces el colombiano y la población total es 6,5 veces la nuestra. Teniendo en cuenta esto, la comparación sí es odiosa, pero igualmente válida y desfavorable para nosotros.
Si un empresario sabe de antemano que en un plazo relativamente corto va a perder –así sea por razones ajenas a su voluntad– a su mejor cliente, lo menos sensato que puede hacer es quedarse cruzado de brazos y no reaccionar a tiempo. ¿Qué estarán pensando el Gobierno y Ecopetrol ante este panorama no propiamente alentador? El Gobierno es el gran inversionista y su beneficio depende año tras año del flujo de dividendos percibidos y de la valorización de su inversión. En teoría, cuando se presume que esta valorización ha llegado a su máximo, lo recomendable sería liquidarla y vender al mejor precio posible. ¿Aplica este razonamiento para nuestra megaempresa? La disyuntiva ya no sería vender un 5 o 10% adicional por razones fiscales, sino el grueso de la propiedad por consideraciones netamente empresariales.
Si se quiere evitar este escenario, no queda otro camino que buscar cómo reemplazar el mercado perdido y llenar el hueco generado. Este es el desafío no para el dueño, sino para sus administradores. Dicen por ahí que de las crisis surgen las oportunidades. ¿Con cuántos barriles de petróleo se pagaría un metro verdaderamente acorde con las necesidades de una metrópoli como Bogotá? ¿Por qué no poner en marcha un acuerdo entre Colombia y China, para que esta última se encargue –llave en mano– de toda la construcción y el montaje del sistema de transporte masivo en la capital? Una especie de “canje humanitario” entre barriles de petróleo y kilómetros de metro construidos.
Con esto, Ecopetrol garantizaría por varios años la venta de una buena parte de su producción y Bogotá se desatrasaría por lo menos unos 100 años con respecto a la mayoría de las principales capitales de la región.
Habría otro beneficio adicional: toda la contratación quedaría en cabeza de los chinos y así no habría la menor posibilidad de que se diese el inevitable debate sobre sobornos, sobrecostos y demoras que, con o sin razón, siempre han caracterizado los grandes proyectos de infraestructura en nuestro país.
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