Los colmillos del diablo
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El tráfico ilegal de especies se ha convertido en un cáncer similar al narcotráfico o el comercio ilegal de armamento, que no solo pone en peligro la fauna de varios países, sino que alimenta peligrosas cadenas criminales.
La ONG Traffic calcula que anualmente el mundo consume cerca de 750 toneladas de marfil, derivados de miles de colmillos de elefante, convirtiendo este bello animal en una víctima inminente de la ambición humana.
Según una nota reciente, publicada por El País de España, el contrabando de especies amenazadas mueve al año cerca de 70 mil millones de dólares, mientras la demanda continúa creciendo de manera acelerada.
Una evidencia de este fenómeno se aprecia al verificar que la población de elefantes africanos pasó de 1.4 millones a cerca de 550 mil, en menos de dos décadas.
Especies como el tigre siberiano, el cocodrilo del Nilo, el rinoceronte, el águila heliaca, las tortugas marinas, los rinocerontes negros y el panda gigante son blanco de organizaciones criminales, que se nutren de la expansión de un mercado dinamizado por la creciente demanda de países como China, India y Vietnam.
En el caso del marfil, un producto cuya demanda no deja de crecer, se calcula que para lograr una tonelada comercial deben sacrificarse cerca de un centenar de elefantes.
La demanda también muestra su fortaleza en el mercado estadounidense, ya que desde 1990 hasta hoy, el 25% de las incautaciones de marfil ilegal se han dado en EE. UU.
Aunque existe la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, y el compromiso por parte de la Interpol para desarticular, en asocio con las autoridades nacionales, las cadenas criminales del sector, el tráfico de especies se ha convertido en el combustible de grupos armados ilegales en la República Democrática del Congo, Kenia, Gabón y Camerún.
¿Cómo se puede hacer frente a este mal? ¿Qué lecciones deja la lucha contra la droga, que sean aplicables a este desafío?
Sin duda, hay que tener en cuenta que de nada sirve querer combatir el problema desde la oferta, si desde la demanda existe indiferencia institucional, poco compromiso sancionatorio, y, lo que es peor, tolerancia pasiva.
Mientras el consumo siga expandiéndose, y no haya un esfuerzo pedagógico y policivo para prevenir y castigar, el tráfico de especies se tornará en una pesadilla sin fin para Estados con precarias instituciones.
Si bien es cierto que los países africanos se llevan el protagonismo de este problema, en América Latina puede detonarse otra fuente criminal peligrosa, mucho más cuando la región alberga el 20% de la biodiversidad del planeta.
Fortalecer la institucionalidad, combatir las redes criminales y hacer un esfuerzo educativo desde la oferta y la demanda debe ser un compromiso global.
Con las drogas no se ha logrado, pues mientras unos países ponen los muertos otros se hacen los de la vista gorda. Ojalá este error no se repita.
Iván Duque Márquez
Analista - Consultor internacional
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