El crimen y el juglar
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Facundo Cabral fue siempre un hombre de paz. El profundo legado artístico de su obra como cantante, compositor, poeta y crítico social ha quedado grabado en la memoria de los que tuvimos el placer de escucharlo, y continuará dejando huella en quienes de ahora en adelante, por curiosidad, interés o recomendación, se internarán en sus letras.
La música de Cabral no era común.
Las canciones con poesía y la poesía acariciada por una guitarra española, meditando sobre la cotidianidad y exponiendo con humor y sátira las inconsistencias del ser humano, hicieron de sus presentaciones un paseo de reflexión que de una u otra manera dejaba el alma de los espectadores con ansiedad de vivir.
Su obra no era nada distinto que un canto a la vida.
El asesinato cobarde del maestro, que a sus 74 años no conocía la fatiga para eludir el compromiso existencial con la cultura, es una tragedia.
Lo es no sólo porque todo crimen es una afrenta a la vida y al orden social, sino porque siendo un defensor de la paz, la libertad, la convivencia social y un crítico sin reservas de la intimidación armada de la voluntad individual, apeló al arte como el mejor medio para transmitir sus ideas.
Con canciones, escolios finamente arpegiados, reflexiones espirituales y trovas llenas de metáforas, Facundo Cabral era un juglar convertido en patrimonio de todo un continente.
Por eso, su muerte a manos de criminales organizados, empleando fusiles de asalto, ha dejado en evidencia una vez más cómo el cáncer de la inseguridad y la violencia no tiene límites y, lo que es peor, no titubea ni se detiene frente a los indefensos inocentes.
Lo ocurrido en Guatemala con un símbolo de la creatividad ha causado impacto internacional.
Sin embargo, el drama que hoy enluta el arte es la triste realidad con la que vive la región centroamericana. Según el Banco Mundial, la tasa de homicidios en Guatemala es de 45 por cada 100.000 habitantes, existen 444 ‘Maras’ con cerca de 14.000 miembros y la violencia genera costos que equivalen al 7,7 por ciento del Producto Interno Bruto.
La tragedia se replica en Honduras con 36.000 pandilleros, y donde la violencia le cuesta a una nación agobiada por la pobreza un poco menos del 10 por ciento del PIB.
En El Salvador el terror de los 10.500 mareros, organizados en cuatro bandas, ya tiene alcance transnacional, y en Nicaragua la situación es escalofriante.
La crisis de seguridad en Centroamérica es un mal que requiere el apoyo de toda la región, porque de no hacer algo sus efectos sólo serán peores y en medio del caos los carteles de la droga harán fiesta.
Facundo Cabral estuvo sus últimos días cantándole al pueblo guatemalteco y desde su talentosa trinchera artística, ejerciendo una lucha perseverante contra la violencia, ese mal que Latinoamérica entera debe enfrentar con seguridad, justicia, inversión social y cultura.
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