Enfrentando la barbarie

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En alguna conferencia José Saramago preguntó “¿qué clase de mundo es este que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?”.
La pregunta existencial del hombre de letras se encontraba sustentada en su preocupación por las tendencias mundiales en materia de homicidios y en la urgente necesidad de combatir el tráfico de armas y limitar la tenencia y porte lícito de las mismas.
El interrogante planteado por Saramago obedece a un sentimiento que a través de los años también ha sido abordado por decenas de intelectuales.
El célebre Giovanni Papini también expresó que “las armas son instrumentos letales y los gobiernos permiten que la gente las fabrique y las compre, sabiendo que sólo pueden usarse en modo alguno más que para matar a alguien”.
En estos dos ejemplos, el punto de partida para combatir el homicidio está en asegurar que las autoridades ejerzan el monopolio de las armas, ante la supervisión tutelar de la ley.
Aunque también existen voces de pensadores y escritores liberales que cuestionan la restricción a la tenencia y porte legal de armas, por considerarlas una intromisión arbitraria del Estado, vale la pena examinar el Estudio Global sobre el Homicidio, realizado en el 2011 por la Oficina de las Naciones Unidas sobre las Drogas y el Crimen, para reflexionar sobre las dos posturas.
Según la ONU, en el 2010 se presentaron globalmente cerca de 486 mil homicidios.
El 31 por ciento tuvo lugar en el continente americano, únicamente superado por África, con el 36 por ciento. En cuanto a tasas de homicidio, tanto África como el América presentan en promedio 17 asesinatos por cada 100 mil habitantes, más del doble del patrón mundial. Frente a estos datos cabe destacar que el 42 por ciento de los homicidios en el mundo han sido cometidos con armas de fuego.
América Latina y el Caribe, en medio de este panorama, muestra realidades llenas de disparidades.
Mientras países como Colombia han logrado reducir a la mitad la tasa de homicidios en los últimos 9 años, la situación en Centroamérica y el Caribe presenta un deterioro progresivo. Igualmente, en la región, el 74 por ciento de los homicidios son cometidos con armas de fuego y el 25 por ciento está vinculado al crimen organizado.
¿Cuál es el camino para hacer frente a esta alarmante calamidad? Por un lado, es necesario que los países de la región lideren una diplomacia activa en contra del tráfico de armas, reclamando mayor control y regulación de los países productores.
También es importante limitar al máximo la tenencia y porte de armamento con exigencias rigurosas y mejorar la capacidad de las autoridades para proveer seguridad a los ciudadanos, desmantelando redes de crimen organizado.
Este es el comienzo de una tarea que requiere, ante todo, como diría Saramago, cimentarse en la cultura ciudadana, ya que sin desarmar los espíritus el camino será pedregoso.
Iván Duque Márquez
Analista - Consultor internacional
ivanduquemarquez@gmail.com
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