El último hijo del 'boom'

Mario Vargas Llosa llega a una nueva etapa de su vida, como un defensor sin vacilaciones de la lib

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Ser lector de Mario Vargas Llosa hasta hace una semana tenía algo de coraje. Sus páginas eran siempre devoradas con intensidad y deleite, y al mismo tiempo otro rincón de la mente se pronunciaba airoso para cuestionar la inmensa injusticia que durante años cometió la Academia Sueca, al no darle el bien ganado derecho al Nobel.
Ver un nuevo libro de Vargas Llosa expuesto en librerías era una demostración de rigor, talento y disciplina férrea, movilizadas por su inagotable perseverancia y anhelo por producir siempre una mejor obra. Lamentablemente al terminar sus novelas, ensayos, discursos y artículos de prensa siempre quedaba un sabor nostálgico.
La sensación de tan sólo pensar que correría la suerte de Tolstoi, Graham Greene, Joseph Conrad, Henry James, Jorge Luis Borges y James Joyce, al no haber recibido la máxima distinción de las letras a pesar de su incuestionable genialidad, hacía que el leer a Vargas Llosa fuera al mismo tiempo placer y desafío, deleite y protesta, gusto y añoranza.
La semana pasada la Academia sorprendió al mundo. No por la unanimidad en el holgorio universal que unió críticos, lectores y editores en un canto de alegría con su veredicto, sino por haber llegado a una conclusión que era percibida como imposible, debido a la conciencia generalizada sobre los sesgos políticos que prevalecían en la misteriosa selección del ganador.
 Hasta el mismo homenajeado creyó que era una broma de mal gusto, cuando recibió el llamado anunciando su designación. Lo cierto es que, con el Nobel a Vargas Llosa, las letras hispanas sacan pecho al ver el último gran hijo del boom coronarse en las cúspides del arte.
Es sencillamente fascinante ver dos íconos de una generación como García Márquez y Mario Vargas Llosa alcanzar esa cima. Quizás, cuando la historia recorra los laberintos de nuestra región en el último siglo, se quede con una Latinoamérica de pocos científicos, pero con grandes humanistas cuyas frases retratan lo cotidiano, fantástico, angustiante y delirante de nuestra realidad social.
El reconocimiento de este año no es sólo un claro homenaje a un escritor, sino al inmenso y profundo mundo intelectual conformado por más miles de artículos de prensa, seiscientos ensayos, decenas de cuentos y novelas, varias obras de teatro y centenares de discursos, en los que prevalece la defensa constante de los principios.
Las casa verde, La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, Conversaciones en la Catedral, La fiesta del chivo, El pez en el agua, e Historia de un deicidio, son piezas magistrales que hacen de Mario Vargas Llosa el más completo de los escritores del boom.
Las comparaciones entre Gabo y Vargas son odiosas, y quizás muchas veces innecesarias. Gabo es un artista irrepetible, producto de la inspiración mágica del caribe colombiano, y el nuevo Nobel es un pensador político, un filósofo titulado que mimetiza reflexiones metafísicas en los finos velos de una literatura exquisita. Ambos, consecuencias culturales de la herencia de Cervantes
Jorge Mario Pedro Vargas Llosa llega a una nueva etapa de su vida, como un defensor sin vacilaciones de la libertad, la democracia, el libre mercado y la división de poderes, y como combatiente energizado de la dictadura, la opresión y de los gobernantes circenses que condenan sus pueblos a pueriles divisiones ideológicas. Ahora vendrá una nueva etapa que sus lectores añoramos.
IVÁN DUQUE MÁRQUEZ
Analista y consultor Internacional
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