Recesión laboral
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Han pasado cerca de dos años desde que la recesión en EE. UU. terminó. Gracias a la puesta en marcha de programas contracíclicos se logró evitar una catástrofe mayor.
Lo grave es que a pesar de todos los esfuerzos realizados, el desempleo en la principal economía del mundo no ha logrado bajar del 9%.
Según West Fargo Securities, acorde con las cifras oficiales, EE. UU. perdió en la última crisis un poco menos de nueve millones de empleos. Tristemente, los programas de estímulo y los incentivos al sector privado sólo han logrado recuperar cerca de dos millones de puestos de trabajo, lo que ha hecho inalcanzable volver a los niveles precrisis.
La gravedad del problema no termina ahí.
De los catorce millones de desempleados, la mitad han estado por fuera del mercado laboral por más de seis meses y la duración del desempleo es una de las más altas de la historia, con más de cuarenta semanas.
Esta situación, acompañada de un incremento enorme del subempleo, han creado una enorme preocupación para la Casa Blanca, ya que la viabilidad de nuevos planes de estímulo se han tornado imposibles frente un Congreso que clama por un rápido plan de ajuste fiscal y la reciente pérdida de la calificación AAA por parte de Standard & Poor’s.
¿Pero será esta calamidad exclusiva de EE. UU.? El Reporte de tendencias mundiales de empleo para el 2011, realizado por la OIT, indica que no.
El número de desempleados en el mundo llegó a doscientos cinco millones en el 2010, lo cual equivale a veintisiete millones de desocupados más que en el 2007, y existen pocas expectativas de regresar a los momentos previos a la crisis económica.
La conclusión más clara del reporte consiste en que muchas economías no están creando los empleos suficientes frente al incremento de la población en edad de trabajar.
Las características detalladas del problema evidencian que el desempleo mundial en el segmento de los jóvenes entre quince y veinticuatro años es cercano al 12,5 por ciento y las economías desarrolladas han representado el 55 por ciento del aumento del desempleo entre el 2007 y el 2010, con tan sólo el 15 por ciento de la fuerza laboral del planeta.
¿Qué nos dice todo esto?
Que tanto en EE. UU. como en Europa se ha gastado gran parte de la pólvora fiscal para contener la crisis, sin dinamizar el empleo; que activar nuevos estímulos será a costa de deteriorar las finanzas públicas; que se vienen momentos difíciles y que habrá un creciente malestar social de rechazo en la juventud, lo cual puede exacerbar expresiones radicales.
Por estas razones, aunque América Latina presenta vientos favorables, es mejor no creer que estamos inmunes.
Es hora de prepararnos, pues nuestros países también han gastado gran parte de su pólvora fiscal y no todos tienen con qué hacerle frente a una nueva recesión.
Más aún, si esta viene acompañada de una desaceleración de la economía china, debido a presiones inflacionarias.
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