Dos onces de septiembre
La fuerza, por sí sola, si no va acompañada de justicia social y de respeto por los derechos humanos
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Según Mario Vargas Llosa, como después de los grandes terremotos la tierra queda temblando muchos días, las réplicas de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York y Washington, transformarán, de manera radical, la vida pública y privada del siglo XXI.
El 11-S, para la historia del Tercer Milenio, será el símbolo encargado de señalar el 'antes' y el 'después' de la destrucción de las Torres Gemelas y del Pentágono: tragedia con la cual Occidente se notificó de su inmensa vulnerabilidad y del desplome de las ecuaciones tradicionales de la guerra convencional.
Y, 28 años atrás, para la democracia 'periférica', otro 11-S -teniendo como escenario el Palacio de la Moneda bombardeado y el suicidio del presidente Allende- había sido el derrumbe de una bella utopía: el acceso del socialismo real al poder por la vía eleccionaria. Dos onces de septiembre, cuyas consecuencias y desarrollos, habidas proporciones, están definiendo el nuevo orden mundial, la suerte de las ideologías y la lucha por una paz con equidad.
Ríos de tinta siguen corriendo sobre uno y otro acontecimiento. Casi todos coinciden en una misma deducción: la fuerza, por sí sola, si no va acompañada de justicia social y de respeto por los derechos humanos conduce, ineluctablemente, a la ingobernabilidad.
El 'caso' chileno, por su cercanía, merece seguir siendo dilucidado entre las nuevas generaciones. El Plan Cóndor, ideado por Pinochet, por ejemplo, debemos tenerlo muy presente, pues olvidarlo es ignorar hasta dónde puede llegar una sociedad polarizada como ocurriera con la Alemania de Hitler. Una 'operación de limpieza' que fue antecedida por la 'Caravana de la Muerte', consistente en la tortura de 75 allendistas, que luego fueron desaparecidos: la mayoría lanzados al mar desde los aviones de seguridad pinochetistas.
Útil recordar, que el Plan Cóndor conformó una especie de 'Mercosur del terror', en la década de los 70 y los inicios de los 80, con el fin de derribar las fronteras geográficas y políticas para que el terrorismo de Estado circulase sin pasaporte, bajo la rectoría suprema del tirano. Su lema lo sintetizó el general Saint Jean: "primero mataremos a los subversivos, después a los colaboradores, luego a sus simpatizantes, enseguida a los que permanezcan indiferentes y, finalmente, a los tímidos".
Sus socios coincidieron en el mismo manual de tortura. Las técnicas para aniquilar cuerpos y mentes fueron similares. Lo que podía variar era la dosis de sadismo de cada verdugo. Según diversos libros del Nunca más e informes de las iglesias, los principales mártirios fueron: dejar al prisionero por horas o por días de pie, encapuchado o desnudo, en los llamados plantones. Golpear con cachiporra, palmatorias de goma o barras de hierro, en cualquier parte del cuerpo. Sumergir a los presos en tanques de agua sucia o con excrementos.
Aplicar choques eléctricos, principalmente en los órganos genitales y en las orejas. Colgar a la víctima, con las manos amarradas por detrás. Arrancar las uñas de las manos y de los pies. Ubicar al preso en lugares insaludables, entre basura e insectos. Obligar al recluso a asistir a las torturas de otros o a violaciones sexuales. Violar a hombres y mujeres. Quebrar brazos que ya estaban heridos. Simular fusilamientos o atropellamientos. Adenda: hoy, el terrorismo con sus versiones monstruosas nos está enseñando que la culebra aún sigue viva.
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