El ‘fujimontesinismo’
Con Humala en la presidencia, ojalá Perú salga de la encrucijada a la que fue conducido.
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Con la presidencia de Ollanta Humala, ojalá Perú salga de la encrucijada a la que fue conducido por la llave siniestra conformada por Fujimori y Montesinos y una escogida mafia de políticos, empresarios, banqueros y militares de alta graduación. Hoy, el promisorio paréntesis abierto por Paniagua, Toledo y Alan García autoriza a mirar el futuro con razonado optimismo.
Valga, entonces, un apretado resumen de esa historia peruana a la que hemos tratado de seguirle la pista desde cuando ocupamos la Embajada de Colombia en Lima, luego de acompañar en su primer gabinete ministerial al presidente Pastrana Borrero.
En los años setenta, Perú era el centro sobre el cual gravitaba un interesante experimento de integración latinoamericana compuesto por los países bolivarianos (Venezuela ingresaría en 1973) más Chile, que habría de retirarse después, en 1976. En septiembre de 1971 presentamos credenciales ante el general Velasco Alvarado, el mismo que había depuesto (3-10-1968), tras un golpe militar incruento, al ilustre repúblico –un liberal tímidamente ‘reformista’– don Fernando Belaúnde Ferry; es decir, al Jefe de Gobierno de un régimen atípico bajo la influencia ideológica del politólogo Carlos Delgado: una especie de desordenado y alocado ‘tercer camino’, teóricamente intermedio entre el capitalismo y el socialismo.
Con más entusiasmo que madurez y con más fobia que profundidad conceptual, este militarismo de ‘izquierda’ –sui géneris, improvisador y con retórica populista– terminó degenerando en una autocracia uniformada que se vendría a pique después (1975) y que, años más tarde, el presidente general Morales Bermúdez se encargaría de enterrar con la convocatoria en 1978 de una Asamblea Nacional Constituyente que dio paso, ¡otra vez!, a la fracasada ‘democracia representativa’, reeligiendo en 1980 al derrocado ex presidente Belaúnde Terry.
De aquí en adelante el itinerario político de Perú es bien sabido: el Gobierno y el exilio por 10 años de Alan García y la derrota de Vargas Llosa a manos de un ingeniero agrario, gris y anónimo, de nombre Alberto Fujimori, quien con una campaña de pocas semanas se fue a despachar al Palacio presidencial, en contravía de todo pronóstico. Sin un programa de gobierno definido, le bastó condenar la corrupción de la clase política y declararle la guerra a la inflación y al desempleo reinante. De nuevo se le dio luz verde a la tradición autocrática de Perú. Ahora le ha tocado el turno, con más de un interrogante, al intrépido Ollanta Humala.
En nuestra opinión, lo más lógico sería construir un gobierno con características verdaderas de unión nacional, al menos mientras saldan las cuentas heredadas del latrocinio puesto en marcha durante más de un lustro, de corte neonazi, basado en una triple estrategia: por un lado, el contrabando de armas para desestabilizar las débiles democracias vecinas, por el otro, el narcotráfico para enriquecer a sus validos, y, por último, un soborno sistematizado de una serie de medios de comunicación con el fin de desprestigiar y silenciar a la oposición.
Afortunadamente, la audacia del ‘fujimontesinismo’ a través de la hija del dictador ha terminado frustrándose a última ahora.
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