Uribe y Santos: continuidad creadora
Para la segunda vuelta las mayorías decidirán entre dos propuestas interesantes, igualmente respetab
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Duverger denunció hace varios lustros un estado de degeneración en la política occidental, consistente en un peligroso viraje hacia "una democracia sin pueblo".
Este sabio diagnóstico puso en jaque al sistema democrático, señalándole sus deformaciones y la urgencia de rectificarse. De ahí en adelante politólogos de todos los matices han continuado aportando sus luces con el fin de contribuir a una especie de operación de salvamento e impedir su naufragio, especialmente en el mundo subdesarrollado.
Por ejemplo, lo relacionado con una revisión a fondo del presidencialismo, la justicia, la división de poderes. Afortunadamente, como lo sostuviera un pensador "todos los males de la democracia se pueden curar con más democracia".
Experiencias como la del fascismo y el nazismo, el Muro de Berlín y la Revolución Cubana, por ejemplo, se encargaron de comprobar que la 'democracia representativa', tal como había sido concebida, requería una reingeniería en sus estructuras esenciales.
El 11 de septiembre, por su parte, se convirtió en el comienzo de una 'nueva era' al colocar la 'guerra terrorista' en la agenda del verdadero poder, internacional y nacionalmente. En Colombia, llevábamos 50 años de 'guerra no declarada'. Un conflicto múltiple tratado, por muchos, como una confrontación que ocurre 'por allá lejos' entre 'otros': por un lado, un Ejército regular, de extracción campesina y de estratos urbanos 1 y 2, contra una insurgencia compuesta por idealistas, desplazados y 'bandoleros' heredados de la violencia liberal-conservadora.
Mientras tanto, parte de la dirigencia ha seguido mirando los toros desde la barrera importándole poco o nada su tácita corresponsabilidad, por omisión, frente a los imperios de narcotráfico y la corrupción.
El próximo domingo se realizarán las elecciones dentro de una situación relativamente atípica: ya no de una 'democracia sin pueblo', sino de un pueblo con los viejos partidos políticos en concordato. O mejor dicho, con unas colectividades moribundas en plena crisis, hoy sustituidas por nuevos movimientos todavía en experimentación.
Y con un parlamento que ojalá no vuelva a ser una suma individualizada de micro- empresas multimillonarias, sin ideología, sin jerarquías, metamorfoseadas -¡salvo reconocidas excepciones!- en un 'barril de puercos'. (En gringolandia el porks's barrel es un recipiente destinado a recibir todo el detrito y los desechos que el establecimiento acostumbra arrojar a la clase política a cambio de asegurar su statu quo).
Por eso, de los independientes, los abstencionistas de siempre, la juventud y los sectores sanos de la sociedad dependerá la suerte de una verdad verdadera, que nos enseña que los malos gobiernos los eligen quienes no cumplen con el deber cívico político de acudir a las urnas. Para la segunda vuelta las mayorías decidirán entre dos propuestas interesantes, igualmente respetables, pero con significativas diferencias y connotaciones.
Por cierto, cada una de ellas muy bien liderada. En nuestro caso, por razones suficientes y serenamente sopesadas, votaremos por la quinela conformada por Juan Manuel Santos y Angelino Garzón.
Es la manera más expedita de garantizarle continuidad creadora a la obra histórica de Álvaro Uribe Vélez, y que Colombia requerirá más pronto de lo que algunos de sus híspidos contradictores hoy están calculando.
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