No hay receta universal

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Hace un par de semanas, en una conferencia sobre cambio climático y seguridad alimentaria, un experto contaba cómo en algunos lugares de Europa se comienzan a plantar ciertos árboles en medio de cultivos de cereales como una forma de incrementar su producción. Todo lo contrario al predicamento de que la manera óptima de producir cereales es con monocultivos homogéneos y el uso intensivo de fertilizantes y plaguicidas.
En abril vino a Colombia, Étienne Hainzelin, investigador francés y editor del libro de la institución Cirad, llamado Cultivando la biodiversidad para transformar la agricultura. Étienne habló sobre los retos para alimentar una población que llegará a 9 billones en el 2050 y cómo, abordando la biodiversidad de una manera diferente, podríamos intensificar la agricultura hacia ese propósito.
En su charla, comparó dos productores asiáticos de arroz, ubicados en predios colindantes. El primero, manejaba su cultivo con todos los cuidados sin dejar que lo perturbara ni le faltara nada. El segundo, en medio del arroz tenía patos, peces y una especie de molusco. El resultado: producía más arroz y le quedaban de ‘ñapa’, patos, peces y moluscos.
Los ejemplos no provienen solo de la agricultura familiar. Hay casos en El Cerrado brasileño, donde en grandes extensiones el resultado agrícola depende de la interacción de múltiples especies vegetales con microorganismos del suelo e insectos ‘agresores’ y ‘supresores’, en modelos de producción bien complejos.
Desde la llamada revolución verde, que inició a mediados de la década de los 50, en el siglo XX, la tendencia ha sido de simplificación y artificialización de los ecosistemas agrícolas; la norma ha sido generar paisajes de un solo genotipo (variedad, híbrido), en el que cualquier otra planta, insecto o animal se considera un factor limitante. El modelo que erradicó los temores de la época de insuficiencia alimentaria parece estar llegando a un límite. Sus mejoras en productividad se estancan, las tierras disponibles son pocas, su dependencia en fuentes de energía no renovable es alta y genera externalidades negativas ambientales y sociales.
Unas siete mil especies agrícolas han sido cultivadas por la humanidad en su historia, asegurando su supervivencia por doce mil años y mitigando el impacto de plagas, sequías y otros fenómenos adversos. Hoy, solo unas treinta especies cultivadas proveen 95 por ciento de las necesidades de los humanos y sus animales domésticos, y cuatro cultivos (arroz, trigo, maíz y papa) satisfacen más de 60 por ciento de las necesidades energéticas y alimentarias de la humanidad. Esta homogenización ha generado altas eficiencias económicas y de mercado, pero le ha costado a la agrobiodiversidad.
La tasa de extinción de las especies hoy es entre cien y mil veces más que su promedio en los últimos millones de años, por lo que los recursos a los cuales echarles mano para desarrollar modelos productivos ‘ecológicamente intensivos’, son cada vez menores.
En la intensificación sostenible de los sistemas productivos hay grandes oportunidades. Hoy más que nunca, los conocimientos disciplinarios de agrónomos, biólogos, ecólogos, sociólogos y muchos otros, deben cambiar su enfoque, integrarse entre sí y conectarse mejor con las condiciones locales y la sabiduría de los agricultores sobre el funcionamiento de sus sistemas productivos. Las recetas universales y los paquetes tecnológicos deberán migrar hacia estos nuevos enfoques. No hay otra opción.
Juan Lucas Restrepo
Director de Corpoica
@jlucasrestrepo

 

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