El Tapón del Darién
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¿Será que Panamá sí da para un mes?
Tal la pregunta de mi padre cuando anuncié, durante un almuerzo familiar, que me disponía a pasar un mes entero en Panamá, que por fin conocería ese brazo hace tanto tiempo amputado al curioso garabato que configura nuestro mapa.
Con su pregunta, que cayó como un balde de agua fría, mi padre hacía gala de esa mezcla de arrogancia y ‘buena conciencia’ cachaca ante el mundo ancho y ajeno que parece ser un viejo hábito nacional. Es un hecho: las verdades recibidas mueren muy lentamente... de aquí que la pérdida de Panamá le importara y aún le importe un pito a tantos.
Historia secreta de Costaguana, la novela de Juan Gabriel Vásquez, acontece en el istmo a finales del siglo XIX. Allí, el narrador nos cuenta que “a su madre (…)” y “a los ricos comerciantes de Honda y de Mompox, a los políticos de Santa Fe y a los militares de todas partes, el Estado de Panamá les importaba un carajo”.
Mi impresión al aterrizar en el aeropuerto por entonces llamado Omar Torrijos, fue la de que llegaba a un puerto libre de dimensiones descomunales en medio de un mundo tropical en miniatura, atajado apenas tras los bien alambrados pastos gringos a lo ancho y largo de la zona del canal.
Salieron a recibirme la fragancia del salitre, toda la gama de verdes, la luz difusa reflejada por los edificios blancos en el horizonte de la ciudad, sus calles, el correr de pieles prietas y la proverbial hospitalidad americana (un arte que los europeos parecen haber olvidado desde los tiempos de Nausica).
En breve, un aire secular, donde brillaba por su ausencia el pesado vaho parroquial, católico, chovinista y, con frecuencia, violento que aún emana de las cordilleras y los valles del interior colombiano, un poco menos en sus litorales.
Descubrí que el colón no existe, o mejor, que lo que buenamente circula y llaman colón es el dólar, aunque jamás le asignen su nombre de cuño.
¿Acaso era viable un país sin banco emisor, sin su sabia y docta junta? ¿A qué algoritmos recurrían para medir y controlar la inflación?
Conocí peruanos exiliados, inmigrantes chinos, anarquistas cuáqueros, una bailarina boricua que quería conocer la Atenas suramericana, un viejo cuna que invitó a las islas de San Blas (donde no circula ni el dólar ni el colón) y un psicotécnico mulato que más tarde me llevó a la fortaleza de Portobelo por donde, me dijo, salió casi toda la riqueza que España sacó de América del Sur… mucha más de la que jamás pasó por Cartagena.
Supe que Francis Drake intentó subir por el río Chagres y que murió de disentería tras el tercer intento. Que no hay fortalezas coloniales en el Pacífico porque allí el declive de la placa continental obligaba a fondear las naves lejos del alcance de las mutuas balas de cañón.
El mes no dio abasto.
Todavía me pregunto si el Tapón del Darién y la apatía fueron o no lo mejor que le pudo haber pasado al brazo del garabato.
Juan Manuel Pombo
Profesor
juamanpo@yahoo.com
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