La diplomacia del presidente Santos

Es muy satisfactorio que el Gobierno de Colombia haya tomado conciencia de que está en capacidad de

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Comentaba Kenneth Weisbrode, que últimamente se está hablando mucho, en especial en Gran Bretaña y Estados Unidos, de reinventar la diplomacia para el siglo XXI. Tanto la secretaria de Estado de EE. UU., Hillary Clinton, como el primer ministro inglés, David Cameron, han planteado una nueva síntesis de defensa, diplomacia y desarrollo, al observar que la reciente política exterior británica y americana ha insistido demasiado en el primer elemento a expensas de los otros dos.
Este cambio de política se está produciendo también en Colombia debido a la amplia y acertada visión del presidente Santos. Como lo comentó en su reciente discurso de saludo al cuerpo diplomático, si bien piensa seguir combatiendo el terrorismo y el narcotráfico, estos temas ya no son los principales de la gestión internacional del país, como sucedió en el pasado. Colombia quiere proyectarse como un aliado de todas las naciones y organizaciones que trabajan por la democracia, los derechos humanos, el medio ambiente, la obtención de energía sostenible y el desarrollo con justicia social. Está lista para compartir su experiencia en desmovilización, desarme, reintegración de ex combatientes a la vida civil, y a la aplicación de los principios de justicia, paz y reparación. Busca diversificar su comercio y está trabajando por la aprobación de tratados de libre comercio con la Unión Europea y Estados Unidos, que ya fueron suscritos; la puesta en marcha del Tratado con Canadá, que sólo le falta la aprobación de la Corte Constitucional, y la negociación de nuevos tratados con Panamá y Corea del Sur, entre otros.
Otro aspecto importante de destacar es que el regionalismo ha pasado al primer plano de la política mundial, bien sea a través de redes vinculadas a un líder, como lo concibe Estados Unidos, o de circuitos integrados por varios países en pie de igualdad, como lo percibe el resto del mundo, con el fin de tener un mayor protagonismo internacional. Dentro de este escenario, los procesos de integración ya no tienen una categoría especial, sino que son unos más dentro de muchos grupos regionales, que no tienen por qué disminuir el papel individual de los Estados, como algunos habían predicho. “Hoy, la influencia reposa cada vez más en redes de Estados con patrones de lealtad fluidos y dinámicos, alianzas y conexiones, a menudo informales, que actúan como canales vitales de influencia y toma de decisiones, y requieren nuevas formas de compromiso”, así lo ha sostenido el ministro inglés de Relaciones Exteriores, William Hague. El presidente Santos no es ajeno a esta nueva tendencia. Sin abandonar sus compromisos tradicionales con otros países, está dispuesto a iniciar conversaciones con México, Perú y Chile para fortalecer la posición de Colombia con estos países frente a los mercados del Asia-Pacífico, en donde no sólo compartan oficinas y personal diplomático, sino posiciones unificadas sobre asuntos de interés común.
Es muy satisfactorio que el Gobierno de Colombia haya tomado conciencia de que está en capacidad de jugar un papel relevante en los nuevos espacios mundiales y redes globales, y, como tal, dispuesto a asumir, bajo el liderazgo del Presidente de la República, el papel que le corresponde. No teniendo la capacidad para manejar sus relaciones internacionales mediante la fuerza (hard power), con base en la distinción de Joseph S. Nye, deberá usar el poder blando (soft power), que se deriva de ser un país emergente.
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