Camino del populismo

Necesitamos volver a partidos fuertes y serios, con ideologías definidas y estructuras y organización interna.

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La situación política y social del país es demasiado confusa, similar a la que se está presentando en otras naciones, y nos debe llevar a platearnos interrogantes que son preocupantes. ¿Nos estaremos encaminando hacia un gobierno populista, hacia una nación con características de caer en ese peligroso abismo? ¿Estamos transitando la senda que lleva a un régimen populista y sus funestas consecuencias? Veamos.
El populismo aparece cuando el malestar de la población crece, de forma significativa, frente a fenómenos como la corrupción, el desgobierno, las injusticias obvias, el rechazo al régimen establecido y a la dirigencia política y social.
No es un movimiento de una ideología política especial, es decir, existen gobiernos de corte populista con tendencias de izquierda y de derecha, y como estamos viendo en la época actual, tampoco es patrimonio de países en vías de desarrollo, lo está viviendo Estados Unidos y también naciones europeas, mientras otras están amenazadas con candidatos que registran características, propuestas y estilos populistas. Incluso en el foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, este fue un tema de preocupación.
En consecuencia, independientemente de las condiciones socio-estructurales, este tipo de gobierno se puede establecer en diferentes regímenes cuando se viven déficits institucionales en la representación democrática, o en los mecanismos para el ejercicio de la misma, por ejemplo, en el desconocimiento de las decisiones tomadas democráticamente. Están muy relacionados con la debilidad de los partidos políticos y evolucionan desde gobiernos elegidos democráticamente, que giran hacia el autoritarismo, buscando enemigos supuestos tanto internos como externos, a los que señalan de estar contra el ‘pueblo’ y favoreciendo a las élites. (Caso vivido dramáticamente en Venezuela, pero también en Argentina y Ecuador).
Se presenta, entonces, la pérdida de confianza en las instituciones políticas, la incapacidad de las élites para conectarse con las comunidades, para escuchar y dar respuestas a las demandas de la sociedad, abriendo así un espacio a las plataformas populistas y polarizando la población entre amigos y enemigos. 
Ante estos sentimientos y percepciones, surgen oportunistas que ven en la explotación del descontento y el desconcierto, el camino para establecer un régimen del cual puedan aprovecharse, ocupar vacíos institucionales para beneficiarse ellos personalmente, encuentran los resquicios o los espacios por donde colarse, posicionarse y lograr ventajas.
Es así como surge el fenómeno del voto de protesta contra lo establecido, contra las instituciones desacreditadas y percibidas como corruptas, contra los políticos tradicionales y sus esquemas de gobierno y, en general, contra las clases dirigentes.
Hay en todo este diagnóstico síntomas parecidos a los que Colombia atraviesa, el descrédito total de los partidos y su atomización en feudos electorales, que solo benefician a quienes han hecho del ejercicio de la política un círculo vicioso de elección, contratos y dádivas para lograr la reelección.
El bajísimo respeto o credibilidad en las instituciones, que nos lo muestran periódicamente las encuestas hechas por diferentes firmas, solo el Ejército mantiene algún nivel importante de aceptación, porque incluso la justicia y las cortes, que hasta hace algunos años eran aprobadas, han bajado marcadamente estas cifras. El índice de aprobación del presidente y del gobierno, así como de otros políticos y dirigentes es preocupantemente bajo.
Necesitamos volver a partidos fuertes y serios, con ideologías definidas y estructuras y organización interna, que cumplan su papel de canales de representación de la sociedad, y que muevan ideas y presenten propuestas que respondan a las demandas reales de las comunidades, para, de esta forma motivar, a los electores, disminuir la abstención y ganar legitimidad.
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