Empleo y tecnología
El reto para las personas es reinventarse, buscar nichos y profundizar en sus conocimientos buscando nuevos mercados.
El interesante libro publicado el año anterior por Andrés Oppenheimer, “Sálvese quien pueda”, plantea la amenaza del desempleo masivo, por los desarrollos tecnológicos, el internet de las cosas, la inteligencia artificial, la realidad virtual, la realidad aumentada, la robotización y demás aplicaciones derivadas de la revolución tecnológica.
Indudablemente prende las alarmas sobre el futuro, tanto para países más industrializados, como para los menos desarrollados, pues los primeros tienen mayores facilidades para comprar robots y tecnología de alto impacto, mientras que los segundos tienen mayor cantidad de mano de obra menos capacitada y de más fácil reemplazo por programas y algoritmos.
A través de entrevistas con científicos, creadores y desarrolladores de equipos y programas de alta tecnología, médicos, abogados, contadores, periodistas, trabajadores de hoteles y restaurantes, en fin, de profesionales y trabajadores en distintas actividades, presenta la visión de los llamados tecnooptimistas y los tecnopesimistas. Unos se inclinan por la posición de que el desarrollo tecnológico ha traído mayor crecimiento y desarrollo económico, con generación de empleo en los nuevos campos que se abren, y cita como ejemplo, la revolución agrícola y la revolución industrial; los otros señalan que será difícil reponer el volumen de empleos que se destruirán y definitivamente habrá un período de transición donde un gran porcentaje de trabajadores afrontarán desempleo y por consiguiente habrá crisis sociales.
Lo que sí es una realidad, que ya empieza a vivirse, es que los empleos menos calificados y más rutinarios son los que ya están siendo sustituidos en los países más industrializados. Operadores telefónicos, algunos cocineros, operarios de línea en fábricas -que desarrollan oficios que pueden hacer más eficientemente los robots-, actividades repetitivas en ventas, tareas básicas de abogados, como contratos sencillos, recopilación de información, también de contadores, algunos diagnósticos médicos, y así muchas otras labores que pueden ser automatizadas. Pero también es cierto que los trabajos más especializados, que exigen mayores niveles de educación, de innovación, investigación, actualización permanente, seguirán necesitando personal muy capacitado.
Las conclusiones son claras: a corto plazo, habrá trastornos en el mercado laboral que causarán crisis y aunque se realicen movimientos contra las máquinas y las plataformas que permiten trabajos nuevos e independientes, la tecnología penetrará y causará fricciones en dicho mercado. Muchos de los empleos desaparecidos en Estados Unidos, no lo hicieron por los inmigrantes, ni por el desplazamiento de muchas fábricas a otras latitudes, sino por la tecnología, y esto continuará.
El reto para las personas es reinventarse, buscar nichos y profundizar en sus conocimientos buscando nuevos mercados. Los países y los gobiernos tendrán que dirigir la educación y capacitación hacia otras especialidades y profesiones y replantear los contenidos.
Las actividades que implican un conjunto de conocimientos y más relaciones interpersonales están en muchísimo menor riesgo. Por ejemplo los abogados que complementen sus asesorías con otras ramas como contaduría, seguros, negociación; la sicología, los creadores de contenido, profesores en tareas más sofisticadas.
Hay otros desafíos en esta difícil etapa y tienen que ver con la ética, qué implicaciones tienen para la vida y dignidad humana muchas de estas aplicaciones, que riesgos hay de que los algoritmos y máquinas no estén correctamente programados para la toma de decisiones adecuadas. Es una transición compleja.
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