‘El piscinazo’
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Al fin se ratificó el TLC con Estados Unidos. Pasaron cinco años desde que se firmó el acuerdo hasta que el Congreso estadounidense dio el sí, lapso que fue aprovechado por muchos colombianos para dar discursos contra el libre comercio, y sólo por unos pocos para prepararse para lo que viene.
Esta situación se resume en el intercambio de ideas que se dio esta semana entre dos funcionarios del Gobierno.
El ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, afirmó que su sector no está preparado para el TLC, y el ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, respondió con su característica elocuencia: “la mejor forma de aprender a nadar es echarse al agua, de manera que bienvenido el piscinazo”.
Aunque pueda sonar descarnada la afirmación del ministro Echeverry, sintetiza la situación de una parte importante de la economía nacional. Muchos empresarios colombianos se quedaron con los brazos cruzados en los últimos cinco años, en lugar de elevar su productividad y explorar las oportunidades del mercado estadounidense.
El caso más patético ha sido el del agro, único sector que recibió un paquete exclusivo de recursos públicos para prepararse para el acuerdo. Se trata del sonado programa Agro Ingreso Seguro –alrededor de 500.000 millones de pesos anuales pagados por usted, por mí y por todos los contribuyentes–, que terminó pasando de la sección económica de los periódicos a las páginas judiciales.
¿Qué busca el sector agrícola cuando reclama que no está preparado? ¿Otros cinco años para no hacer nada? ¿Más billones de pesos para alimentar historias de escándalos judiciales?
¿Algunos siglos más de proteccionismo a ultranza para cultivar rentas extraordinarias e ineficiencias? Si a alguien le parecen injustas estas preguntas, me permito recordar lo siguiente: el sector agropecuario colombiano brilla como mosco en leche en medio del auge agrícola de varios vecinos.
Países como Chile, Perú y Brasil han tenido un excelente despeño agrícola en la última década, gracias a que han volcado sus sectores hacia el mercado externo y han aprovechado el boom de los precios agrícolas internacionales. Mientras tanto, el agro colombiano es uno de los más protegidos de la región y uno de los de peor desempeño.
Este caso ejemplifica lo que pasa en otros ámbitos de la economía nacional. El empresariado colombiano se divide en dos grupos. El primero es minoritario y abarca a los que entendieron hace tiempo que el desarrollo de una economía pequeña como la nuestra exige volcarse a los mercados externos.
Hoy varias empresas del país exportan a decenas de mercados, y hacen inversiones productivas a lo largo y ancho del hemisferio. Entre tanto, el segundo grupo se ha mantenido fiel a un modelo de desarrollo decimonónico: pedir al Gobierno protección y otras gabelas para poder explotar rentas financiadas por todos los colombianos.
Mientras los primeros están nadando para aprovechar el TLC, ya empieza a oírse el estruendoso barrigazo de los demás.
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