Incertidumbre, riesgo y oportunidad
El combo Coronavirus + guerra de precios, es infortunado y más cuando no es clara la evolución de ambas situaciones.
Los últimos días no han sido fáciles para la economía mundial; el impacto del COVID-19 en diversos mercados y la caída de los precios internacionales del petróleo, por la negativa de Rusia de recortar la producción junto con la de Arabia Saudí y los países miembros de la OPEP, para contrarrestar parcialmente los efectos del virus sobre la demanda de hidrocarburos, han generado una incertidumbre a nivel mundial que apenas estamos empezando a decantar.
En un solo día hábil del mercado, el precio del petróleo, referencia Brent, pasó de US$45,23 el barril el viernes 6 de marzo, a US$32,34 el barril el lunes 9 de marzo, una caída del 28%, luego de alcanzar este día un mínimo de US$31,49. Pero el lunes negro, como lo llamaron, por el desplome vertiginoso en los precios del crudo y en las principales bolsas del mundo, se venía gestando desde hacía dos meses por cuenta de la negativa de Rusia y del nuevo Coronavirus, pues antes de su aparición el precio del barril alcanzó los US$69,7.
Respecto al COVID-19, no es fácil saber dónde caerá ese “globito” y cuál será su impacto económico. Debido a las restricciones migratorias y al temor de las personas a contraer el virus, los primeros damnificados son los organizadores de eventos corporativos y deportivos, el transporte terrestre y aéreo, el turismo, y el comercio internacional. Y, en consecuencia, se registra una caída en la demanda de petróleo que es, literalmente, el que mueve al mundo.
Lo que tomó a todos por sorpresa fue que al efecto del virus se sumó una guerra de precios del petróleo. Se esperaba que Rusia aceptara la propuesta de Arabia Saudí de hacer, en conjunto, un recorte en la oferta de 1,5 millones de barriles. La negativa del gobierno de Putin y la amenaza saudí de incrementar su producción a precios muy bajos desató un pánico de tal dimensión que se desplomó el precio del crudo, acrecentando la incertidumbre que ya existía por culpa del COVID-19.
En el caso del petróleo, vale la pena analizar el enfado de los rusos y los sauditas. Los segundos están molestos porque esperaban el apoyo de Putin en el recorte planteado. Los rusos, a su turno, están molestos porque Estados Unidos y los demás países productores que no pertenecen a la OPEP no han hecho esfuerzo alguno por reducir la oferta de petróleo ahora, ni en el pasado reciente. Todo lo contrario, Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor, con 13 millones de barriles diarios gracias a la producción de shale oil.
Lo paradójico del asunto es que son los sauditas los que han liderado el recorte en la oferta, para mantener un rango razonable de precios, como el del año pasado que en promedio fue de US$64 el barril. Y es paradójico porque son ellos los únicos con capacidad de producir siendo rentables por debajo de los US$10 el barril; y son los que han hecho un mayor esfuerzo por evitar una caída en el precio, cuando podrían cruzarse de brazos.
Esta vez, la pelea de Rusia y Arabia Saudí podría impactar la producción de Estados Unidos, obligándolo a reducirla. De ser así, ambos sentirían cierto “fresquito” pues consideran que Estados Unidos no debe seguir siendo un espectador más en la caída en los precios sino que debe contribuir al recorte. Está por verse la reacción de Trump, más cuando el Estado no es el dueño del petróleo, no recibe regalías, y su economía se beneficia de un petróleo barato.
¿Cómo afecta todo esto a Colombia? Depende. El combo Coronavirus + guerra de precios, es claramente infortunado y más cuando no es clara la evolución de ambas situaciones. Es más incierto el primero que el segundo, a fin de cuentas, la petrolera es una industria de ciclos y no es la primera crisis. Lo que sí cambia la ecuación frente a otras es la incertidumbre en la demanda de petróleo, cuyo crecimiento ha disminuido y no se sabe si caiga aún más.
La crisis de hace cinco años le dio duro a Colombia. La producción cayó entre 150 y 200 mil barriles, el hueco fiscal fue de tal dimensión que condujo a tres reformas tributarias (2014, 2016 y la del 2018-19), las exportaciones de petróleo del país se vinieron a pique, pasaron de representar el 55% del total en 2013 al 34% en el 2016; la economía se desaceleró, y las regiones productoras sufrieron un golpe del que apenas empiezan a recuperarse, en empleo, contratación de bienes y servicios, e inversión. Las regalías causadas pasaron de los $8.200 millones en 2013 a los $3.900 millones en 2016.
Como lección aprendida, las empresas hicieron grandes esfuerzos para reducir sus costos por lo que hoy son más eficientes y esto les permitiría sortear mejor la caída en el precio del petróleo, pero va a depender del nivel en que este se ubique, del tiempo que se extienda la crisis, de los proyectos –hay unos más costosos que otros– y de la empresa. Más allá de esto, lo clave es la competitividad del país, pues operar en Colombia es costoso, y en una guerra de precios solo el que opera a un bajo costo, logra sobrevivir.
El 2020 empezó relativamente bien. Con la expectativa de una producción promedio cercana a los 890 mil barriles, un programa de inversiones de US$4.970 millones, y precios en torno de los 60 dólares el barril, pero la situación cambió drásticamente y nos obliga, a la industria y al Gobierno, a examinar medidas de choque y a poner de nuevo sobre la mesa temas estructurales que de tiempo atrás nos impiden ser más competitivos.
La palabra crisis en chino combina dos caracteres que significan “riesgo” y “oportunidad”. Ojalá el riesgo del COVID-19 y la guerra de precios, se logren convertir en oportunidad para el país y para la industria.
Francisco José Lloreda Mera
Presidente de la ACP
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