Bajo el aguacero
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Todos los gobiernos con alguna capacidad para endeudarse, o para usar recursos de su propio ahorro, se embarcan en programas de impulso de la demanda interna en este ambiente de recesión global. China, E.U., Gran Bretaña, la zona euro, Chile, México, India, han anunciado sus propias versiones del empujón fiscal que hoy resulta indispensable para recuperar, en alguna medida y en algún momento, el empleo y el ingreso. Lástima: el Gobierno colombiano sólo puede coger una cosa aquí y otra allá para juntarlas y declarar que la inversión pública será este año un factor estimulante de la economía nacional. En verdad, muy poco frente al tamaño del problema que puede sobrevenir. El Gobierno se queda con la insistencia en una "política fiscal razonablemente anticíclica" (sic.), anuncios abstractos de que se garantiza el financiamiento de la actividad productiva "con especial énfasis en la pequeña y mediana empresa", y declaraciones más etéreas aún sobre la protección del empleo y la promoción de la competitividad. Ello queda envuelto en un paquete titulado un 'Completo plan anticíclico', que viene acompañado por la insistencia en la consolidación de la confianza de los inversionistas como otra pata del famoso trípode presidencial.
Ante la angustia que reina en el panorama, es como si el dueño de casa leyera en voz alta el Código de buena conducta al tiempo que los bárbaros derriban la puerta. Pero, en fin, no tenemos recursos financieros públicos a los que pudiéramos acudir en estas circunstancias. El Gobierno colombiano no puso nueces en el nido. Estamos condenados a vivir la tormenta montados en nuestro bote de remos. Es cierto que la economía colombiana tiene importantes recursos institucionales que resultan muy valiosos en la coyuntura, particularmente el buen estado del sector financiero y una cierta tranquilidad en materia de precios internos. Muy bien, pero ello no basta: es precisamente ahora cuando resultaría útil auxiliar la racionalidad capitalista privada con acciones concretas de gasto deficitario desde el Estado.
De todos modos, la máxima esperanza colombiana reside en que los extranjeros, y especialmente los 'socios comerciales' ricos (Estados Unidos, Alemania...) logren recuperar su propia salud básica. Otra lástima: Venezuela y Ecuador, tan importantes para la industria colombiana, penden de un hilo. Habrá después más tela para cortar, pero es necesario reconocer que estamos bajo el aguacero global, y en descampado.
Una pregunta que está cada vez más en boca de los comentaristas en otros lares es la siguiente: considerando la escala global del problema, ¿basta con un gran estímulo fiscal para recuperar en alguna medida el crecimiento de las mayores economías? En el caso de Estados Unidos, analistas de primer orden como Nouriel Roubini y el británico Martin Wolf piensan que el programa aprobado es insuficiente, que las empresas privadas y las familias estadounidenses tendrán por varios años muy templadas las riendas del gasto y que la recuperación del empleo podría, en esas condiciones, durar mucho más tiempo que el previsto y los costos para la sanidad del sistema financiero serían aún mayores. Todo ello podría terminar generando mayores costos fiscales sin un impacto cierto en la recuperación de la actividad económica. Al otro lado del Atlántico, ahora se oyen frecuentes voces de preocupación por las dificultades de la economía alemana para 'picar hacia arriba' rápidamente, dadas sus condiciones de dependencia de las exportaciones y su inflexibilidad para compensar la caída del mercado global con una expansión del mercado interno.
Es hora de que en Colombia levantemos la mirada hacia estos asuntos: si perdemos a Venezuela y Ecuador, Estados Unidos y Alemania son anclas absolutamente vitales.
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