El cliente del espectáculo
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Por no desarrollar nuestra conciencia como consumidores, ni conocer adecuadamente los mecanismos para hacer valer nuestros derechos, a los colombianos nos pasan por la faja y nos meten gato por liebre todos los días. ¡Y pagamos por eso!
Lo pensaba mientras asistía al espectáculo de Delirio, que se presentó con éxito en 'Down Town Majestic', un lugar erigido sobre el Teatro Mogador, que está tratando a su manera, tal y como lo hacen las Universidades Jorge Tadeo Lozano y Central, de devolverle a ese territorio del centro de Bogotá un poco de su dignidad perdida.
Delirio es un espectáculo vistoso y sorprendente, cada vez más reclamado por la calidad y la destreza de los bailarines, que satisfacen a los salsómanos empedernidos.
Pero después de verlo como lo vi, creo que ni siquiera esa fidelidad al son puede excusar tanto atropello y desfachatez en la atención.
Pagar boletas con un costo cercano a los 70 dólares, para que a uno lo sienten en sillas plásticas pegadas con cinta para formar la fila, es poco menos que insolente. Fuimos no acomodados, sino apretujados, sin posibilidad alguna de liberar respetuosamente el ritmo que demandaba la descarga musical.
Asediado por un mesero cortés que se disculpó mil veces por atravesarme la bandeja de los pedidos, pude constatar que los bailarines movían muy bien la cabeza. No vi sus pies milagrosos.
Y cuando ya el cuerpo se sintió agobiado, y quiso desfogar en terreno los acordes del 'Cali Pachanguero', me tocó exactamente media baldosa para mi delirio bailarín.
Nadie dijo nada. A quien puse mi queja, solitario, me dijo que retornara al calabozo, que ya estaban buscando la solución. Mentira.
Mientras esperaba, en cambio, pensé con miedo en los calzones, qué pasaría si en ese sitio atestado se presentara una emergencia.
Al salir, pasada la media noche, no había un policía en las inmediaciones. No supe si interpretarlo como un ejemplo de la seguridad democrática o de la protección Divina.
En el fondo de este atropello consuetudinario, que afloró en el concierto de Alejandro Fernández, hay muchas razones.
Bogotá continúa esperando al gran sitio de los espectáculos, donde a la gente le correspondan con atención y respeto lo que pagó por la boleta, y que esta se ajuste a la calidad de lo que se presenta.
Mientras tanto, es necesario que los consumidores estén bien informados sobre la contraprestación por lo que invierten. No tiene sentido llamar 'Platino' a un lugar que poco o nada se diferenciaba de un gallinero vergonzante.
El vínculo entre espectáculo y licor demanda muchas cosas.
Entre ellas, que haya comodidad y limpieza para quienes optan por esa alternativa, y seguridad para todos cuando los tragos pasan la cuenta.
La Policía y los organismos de socorro no pueden estar ausentes, aunque el espectáculo se considere 'privado'.
Como en la televisión, ¡qué falta hace la crítica de espectáculos! Y los consumidores tenemos que abandonar esta resignación maldita. Y convencernos de que el que paga, tiene derecho a exigir.
Lo pensaba mientras asistía al espectáculo de Delirio, que se presentó con éxito en 'Down Town Majestic', un lugar erigido sobre el Teatro Mogador, que está tratando a su manera, tal y como lo hacen las Universidades Jorge Tadeo Lozano y Central, de devolverle a ese territorio del centro de Bogotá un poco de su dignidad perdida.
Delirio es un espectáculo vistoso y sorprendente, cada vez más reclamado por la calidad y la destreza de los bailarines, que satisfacen a los salsómanos empedernidos.
Pero después de verlo como lo vi, creo que ni siquiera esa fidelidad al son puede excusar tanto atropello y desfachatez en la atención.
Pagar boletas con un costo cercano a los 70 dólares, para que a uno lo sienten en sillas plásticas pegadas con cinta para formar la fila, es poco menos que insolente. Fuimos no acomodados, sino apretujados, sin posibilidad alguna de liberar respetuosamente el ritmo que demandaba la descarga musical.
Asediado por un mesero cortés que se disculpó mil veces por atravesarme la bandeja de los pedidos, pude constatar que los bailarines movían muy bien la cabeza. No vi sus pies milagrosos.
Y cuando ya el cuerpo se sintió agobiado, y quiso desfogar en terreno los acordes del 'Cali Pachanguero', me tocó exactamente media baldosa para mi delirio bailarín.
Nadie dijo nada. A quien puse mi queja, solitario, me dijo que retornara al calabozo, que ya estaban buscando la solución. Mentira.
Mientras esperaba, en cambio, pensé con miedo en los calzones, qué pasaría si en ese sitio atestado se presentara una emergencia.
Al salir, pasada la media noche, no había un policía en las inmediaciones. No supe si interpretarlo como un ejemplo de la seguridad democrática o de la protección Divina.
En el fondo de este atropello consuetudinario, que afloró en el concierto de Alejandro Fernández, hay muchas razones.
Bogotá continúa esperando al gran sitio de los espectáculos, donde a la gente le correspondan con atención y respeto lo que pagó por la boleta, y que esta se ajuste a la calidad de lo que se presenta.
Mientras tanto, es necesario que los consumidores estén bien informados sobre la contraprestación por lo que invierten. No tiene sentido llamar 'Platino' a un lugar que poco o nada se diferenciaba de un gallinero vergonzante.
El vínculo entre espectáculo y licor demanda muchas cosas.
Entre ellas, que haya comodidad y limpieza para quienes optan por esa alternativa, y seguridad para todos cuando los tragos pasan la cuenta.
La Policía y los organismos de socorro no pueden estar ausentes, aunque el espectáculo se considere 'privado'.
Como en la televisión, ¡qué falta hace la crítica de espectáculos! Y los consumidores tenemos que abandonar esta resignación maldita. Y convencernos de que el que paga, tiene derecho a exigir.
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