La web y la media naranja
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El-príncipe-azul y la-mujer-de-mis-sueños son dos creaciones recientes del imaginario humano, destinadas ambas a recomponer ese acertijo frutícola denominado la-media-naranja. El primero, nació originado en una leyenda rumana ('El príncipe azul de la lágrima'), en el siglo XIX, una época en donde las mujeres no tenían la libertad de elegir su pareja, en realidad de elegir, pero nada. A las famosas doncellas del folclore tradicional, fueron los príncipes quienes las salvaron de la horda de enanitos, de la narcolepsia y del duro destino de la fregadera. La mujer de mis sueños es un invento mucho más virgen (ver Freud, Sigmund, Observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación onírica).
Hombres y mujeres de siglos que hoy nos parecen distantes eran 'cazados' por voluntades familiares, reales y territoriales. Lo que para la mentalidad de entonces podría ser un destino feliz, para la gente del siglo XXI no es otra cosa que un disparate. Casadas prácticamente niñas, muchas princesas y reinas pasaron de la cuna a la cuja, sin ninguna oportunidad de transición.
Pero una mujer más preparada y recursiva y reciente soñó a un hombre ideal. Le puso medidas, porque las mujeres siempre les ponen medidas a todas las cosas, colores, olores, sabores, profesión y algún tipo de inteligencia. Y el hombre hizo lo mismo pero al revés, cambiando las medidas por los tamaños, porque los hombres les ponen tamaño a todas las cosas. Pero antes de la propagación de Internet, ella / él podían quedarse toda la vida esperando al azul o la soñada, que no les iba a llegar ni en la forma de un sapo ansioso de escapar a la maldición. Algunos lograron por la vía postal contactar aproximaciones a su sueño, pero encontraron a su corresponsal convertido en esqueleto, tal la fluidez paquidérmica del correo.
Pero Internet ha hecho posible e inmediato el amor imposible. Asombra la cantidad de parejas que se han armado a través de la red, cumpliendo con todos los requisitos mediante el mecanismo.
Hombres y mujeres suben a tantas páginas de cuadre foto, características y gustos, y precisan sus aspiraciones con una minucia selectiva que filtra rápidamente a toda una masa de advenedizos. Entre el sedimento se depositan el príncipe azul y la mujer de mis sueños, que pueden estar a kilómetros de distancia o metros escasos, aproximados, en todo caso, a través de la pantalla de un computador.
He visto ejemplos de galanes y doncellas acoplados por la Internet, pero también de gente tan sencilla y común, que no alienta el interés de su entorno, pero por quien una persona en un lugar remoto está dispuesta a cruzar la tierra. Y créanme: no han tenido que desnudarse frente a una cámara mínima para configurar un anzuelo, ni enviar copia de la declaración de renta. Puro amor.
Creo que este recurso virtual arrincona definitivamente a la soledad. Dota de instrumentos a los sueños. Y hace verdaderamente cierta la posibilidad de elegir a la pareja perfecta. Mejor dicho, de ganarse la real lotería.
Hombres y mujeres de siglos que hoy nos parecen distantes eran 'cazados' por voluntades familiares, reales y territoriales. Lo que para la mentalidad de entonces podría ser un destino feliz, para la gente del siglo XXI no es otra cosa que un disparate. Casadas prácticamente niñas, muchas princesas y reinas pasaron de la cuna a la cuja, sin ninguna oportunidad de transición.
Pero una mujer más preparada y recursiva y reciente soñó a un hombre ideal. Le puso medidas, porque las mujeres siempre les ponen medidas a todas las cosas, colores, olores, sabores, profesión y algún tipo de inteligencia. Y el hombre hizo lo mismo pero al revés, cambiando las medidas por los tamaños, porque los hombres les ponen tamaño a todas las cosas. Pero antes de la propagación de Internet, ella / él podían quedarse toda la vida esperando al azul o la soñada, que no les iba a llegar ni en la forma de un sapo ansioso de escapar a la maldición. Algunos lograron por la vía postal contactar aproximaciones a su sueño, pero encontraron a su corresponsal convertido en esqueleto, tal la fluidez paquidérmica del correo.
Pero Internet ha hecho posible e inmediato el amor imposible. Asombra la cantidad de parejas que se han armado a través de la red, cumpliendo con todos los requisitos mediante el mecanismo.
Hombres y mujeres suben a tantas páginas de cuadre foto, características y gustos, y precisan sus aspiraciones con una minucia selectiva que filtra rápidamente a toda una masa de advenedizos. Entre el sedimento se depositan el príncipe azul y la mujer de mis sueños, que pueden estar a kilómetros de distancia o metros escasos, aproximados, en todo caso, a través de la pantalla de un computador.
He visto ejemplos de galanes y doncellas acoplados por la Internet, pero también de gente tan sencilla y común, que no alienta el interés de su entorno, pero por quien una persona en un lugar remoto está dispuesta a cruzar la tierra. Y créanme: no han tenido que desnudarse frente a una cámara mínima para configurar un anzuelo, ni enviar copia de la declaración de renta. Puro amor.
Creo que este recurso virtual arrincona definitivamente a la soledad. Dota de instrumentos a los sueños. Y hace verdaderamente cierta la posibilidad de elegir a la pareja perfecta. Mejor dicho, de ganarse la real lotería.
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