Predicciones medio acertadas

Como el azar es difícil de asimilar preferimos desconocerlo y, así, nos
vanagloriamos de los buenos resultados o culpamos a los demás de los malos.

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El comienzo de año es una fecha propicia para adivinos. Algunos ya son habituales en los medios de comunicación y sus anteriores aciertos se exponen como credencial de idoneidad. Tal vez el adivino de turno no acertó en todo lo que predijo pero es innegable que sí lo hizo en varias predicciones.
Curiosamente, es más útil y válido un adivino que no acierta en nada que uno que acierta parcialmente en sus predicciones. Cuando un adivino falla siempre, al menos se puede estar seguro de que sus predicciones serán erróneas, que lo predicho no sucederá, y eso ya es algo; a veces mucho. Por el contrario, acertar algunas veces sí y otras veces no es algo inútil en la medida en que es imposible distinguir las unas de las otras.
Ponga usted varios posibles sucesos, por ejemplo, quién ganará las elecciones, si se aprobará o no una ley, si se devaluará o no la moneda, si se caerá tal gobierno este año; lance una moneda y “adivine” qué pasará. Espere un tiempo y sus pronósticos se cumplirán parcialmente. No podemos culparlo si cree encontrar en un usted unos poderes hasta ahora desconocidos y se emociona: finalmente todos estamos acostumbrados a recordar nuestros éxitos y a olvidar los fracasos, con independencia de cómo se hayan conseguido unos y otros.
Quizá nunca haya lanzado una moneda para pronosticar lo que sucederá, pero con seguridad sí ha hecho predicciones y, al igual que la moneda, habrá acertado en muchas ocasiones, lo que debió llenarlo de satisfacción y haberle hecho pensar que”usted ya sabía que eso pasaría”.
Esto último es justamente lo que pasa cuando desconocemos u olvidamos la influencia del azar (de la suerte, que podemos llamar buena o mala), en el resultado de nuestras decisiones. Como el azar es difícil de entender y de asimilar, preferimos desconocerlo y, así, nos vanagloriamos de los buenos resultados o culpamos a otros de los malos, a pesar de que muchas veces no somos tan exitosos como creemos y los otros no son tan culpables como parecen.
A través de varios estudios se ha analizado la trascendencia de un cambio de entrenador en el resultado del equipo. ¿La conclusión general?: los resultados no se afectan ni para bien ni para mal, tanto como se cree.
Lo mismo pasa con el cambio de directivos en las organizaciones. Cuando las cosas empiezan a ir mal, se tiende a culpar a la cabeza. Entonces, muchas veces esta se cambia, pero sin mayores consecuencias. Del mismo modo, cuando la empresa tiene éxitos, estos se achacan a su dirección, lo que tampoco es necesariamente tan cierto.
¿Han visto cómo un directivo pasa de ser en un año un genio para luego ser un idiota? ¿Cómo puede ser esto posible? Solo porque no podemos no asignarle una causa a lo que sucede; no podemos sencillamente aceptar nuestra ignorancia.
Tenemos la tendencia natural a atribuir causalidad a todo lo que sucede. Se nos dificulta mucho decir "no sé" o "no entiendo", aunque lo cierto es que la realidad es muy compleja y las líneas rectas y cortas de causalidad que atribuimos a lo que sucede, generalmente están erradas.
No, no es ese nuevo director general el responsable del alza de las acciones de la compañía sino la combinación del cambio de la tasa de interés, el desequilibrio macroeconómico del país vecino, sumado al entusiasmo de cierto vendedor desconocido y a que el competidor no llegó a tiempo porque se estrelló contra un conductor borracho.
Tengan la seguridad de que ese adivino extrañamente vestido no fue iluminado por los dioses. Es que de los cientos de adivinos, alguno tenía que haber acertado en algo, y resulto ser él.
Claro que hay gente seria y pronósticos consistentemente mejores que otros. Hay mejores presidentes y mejores directores técnicos. Pero también hay muchas causas ocultas, lejanas y muy difíciles de entender. Aceptemos nuestra ignorancia, seamos humildes, dejemos de creer que lo comprendemos y lo controlamos todo, dejemos de culpar y de endiosar. Pero eso sí, no por ello dejemos de trabajar con todas nuestras fuerzas, como si solo de ello dependiera el destino final.
Ciro Gómez Ardila
Ph.D., profesor y director académico de Inalde Business School
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