Menos que una locomotora

Desde hace meses era grande la expectativa en Estados Unidos con respecto al programa de infraestructura que venía prometiendo la administración Trump.

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
Desde hace meses era grande la expectativa en Estados Unidos con respecto al programa de infraestructura que venía prometiendo la administración Trump. Dada su afición a la hipérbole, la Casa Blanca afirmó, de manera reiterada, que la estrategia de obras públicas sería la más ambiciosa de la historia, con un valor calculado en 1,5 billones de dólares.
Sin embargo, cuando se conocieron los detalles, las reacciones podrían describirse como frías. El motivo es que el plan tiene una duración prevista de diez años, y la idea es que el presupuesto federal aporte una fracción de la suma total: 200.000 millones de dólares. El resto debería salir de los gobiernos locales y del sector privado.
Aunque eso de poner el capital semilla e invitar a gobernaciones y municipalidades a definir sus prioridades puede sonar como una buena idea, estructurar los proyectos es algo que tomará años. Parte del problema es que las finanzas de estados y ciudades tampoco gozan de buena salud, mientras que imponer peajes no siempre cae bien en un país en el cual la tradición es que no se paga o se paga poco por usar autopistas y puentes.
Debido a ello, es difícil afirmar que aquí va a haber una poderosa locomotora en marcha. Los observadores no dudan que algunas obras acabarán haciéndose, pero no en la magnitud o con la rapidez que los más optimistas esperaban.
Curiosamente, esa impresión no le cae mal a los analistas. El motivo es que la economía estadounidense viene expandiéndose a buen ritmo y el desempleo se ubica en niveles históricamente bajos. Un intento de apretar todavía más el acelerador habría podido crear nuevos dolores de cabeza, sin necesidad.
Por otra parte, está la preocupación por el tamaño del déficit público. Tras la reforma tributaria de finales del año pasado, los saldos en rojo seguirán aumentando y nuevos compromisos de gasto harían las cosas más difíciles de manejar. Pero el deterioro no sería ahora atribuible al tren de la infraestructura.
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