Entre la depresión y la euforia

El jueves en la tarde, Donald Trump lanzó las primeras hostilidades que llevarían al planeta a una guerra comercial, al irse sin ambages por la senda del proteccionismo.

EXDIRECTOR DE PORTAFOLIOActualizado:
El jueves en la tarde, Donald Trump lanzó las primeras hostilidades que llevarían al planeta a una guerra comercial, al irse sin ambages por la senda del proteccionismo. Pocas horas después, la Casa Blanca anunció que el presidente de Estados Unidos habría acordado reunirse con su homólogo norcoreano Kim Jong-un, con lo cual se abre la puerta de solucionar el que hoy por hoy es el principal dolor de cabeza de seguridad en el mundo: las armas nucleares del régimen de Pyongyang.
Como consecuencia, los mercados que habían recibido negativamente la primera noticia, reaccionaron con entusiasmo frente a la segunda. La cotización del petróleo, para citar un caso concreto, experimentó un salto del 3 por ciento en cuestión de horas. Así, entre la depresión y la euforia se movió la semana que termina.
No obstante, vale la pena distinguir entre certezas y eventualidades. El aumento de aranceles que afectan al acero y el aluminio que importa la economía estadounidense entra entre las primeras. Lograr que el régimen norcoreano entierre el hacha pertenece a lo segundo, para no hablar de que si la cita sale mal, los riesgos aumentarían de forma radical.
Por lo tanto, vale la pena situarse en el terreno de lo conocido. Este muestra que Washington pasó de la retórica en contra de la globalización a la ofensiva con armas precisas. Alegando la defensa de la seguridad nacional, en la práctica, Trump está echando por la borda las reglas no escritas bajo las cuales operó el capitalismo occidental después de que terminó la Segunda Guerra.
Ahora, la pregunta válida es lo que sigue. Una alternativa es que prime la cabeza fría, sobre todo si el número de afectados es reducido. Otra es que comiencen las retaliaciones con obstáculos al intercambio aquí y allá, en medio de un toma y dame de años de duración.
Si las hostilidades se vuelven realidad, Colombia no puede ser un invitado de piedra. Ese debería ser un punto que encabece la agenda el próximo 15 de abril, cuando el Air Force One, con su comandante a bordo, aterrice en el territorio nacional.

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