Juventud en la caverna
Cómo es posible que en muchas instituciones educativas la violencia sea el pan diario.
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Imagine, apreciado lector, esta escena: en cualquier lugar del país un grupo de jóvenes o adolescentes, educados de tal forma que no pueden ver más allá de aquello que les muestran sus amigos y los medios de comunicación, desde que nacieron sólo han visto esto: las grandes parafernalias de los reality shows, seguidas del estridente, pero estimulante chillido o ladrido acústico de la música que ellos llaman ‘chimba’ o ‘de ambiente’; además, su confianza en la verdad de aquello que se les teletrasmite desde la pequeña caja es tan amplia, que intentan recrearla mediante la asimilación de subculturas alternativas y sobrevaloradas por medio del caballito de batalla representado en el derecho a la libre expresión.
Como si esto fuera poco, su estado es muchas veces tan precario que apenas se sueñan con una familia, y la responsabilidad civil de la sociedad y las instituciones es tan concreta como sus entretenidos realities.
Me pregunto: ¿acaso para estos jóvenes y adolescentes esta visión no es su única realidad? Tal situación, tristemente, atraviesa muchos de los espacios sociales que ocupan nuestra juventud.
Se supone que las instituciones educativas deben ser la luz al final del túnel, o aquella naturaleza iluminada con la que se encuentra el prisionero liberado, tal y como lo cuenta el filósofo Platón en su famosa Alegoría de la caverna.
No obstante, las agresiones violentas, acompañadas de casos de conflictos de toda clase, son un lugar común de la problemática de los educativos. Hace algunos días conversaba con un profesor y me comentaba que en muchos colegios la situación es gravísima: robos, amenazas, agresiones con arma blanca, microtráfico de sustancias prohibidas, entre otros.
Le pregunté acerca de lo que podían hacer los docentes y directivos al respecto; el veterano maestro, con un suspiro de añoranza por los viejos tiempos, me dijo que casi nada, que prácticamente se encontraban con las manos atadas, pues el sistema de seguimiento y sanción actual es tan proteccionista, que aplicar cualquier tipo de sanción se convierte en una suerte de viacrucis burocrático, que en últimas termina por agotar y aburrir a los profesores.
Me decía el docente que el Código de la Infancia y la Adolescencia, y muchos de los manuales de convivencia de los colegios, de alguna manera entorpecen el proceso educativo de los estudiantes, porque suponen para ellos una serie de libertades que realmente, dado que se encuentran en un proceso de formación, no se están en capacidad de usar de la mejor manera.
Aquella conversación me hizo reflexionar sobre la edad para la libertad: si la educación debe ser un proceso de constante liberación, cómo es posible que en muchas de nuestras instituciones educativas la violencia ‘insancionable’ entre los propios estudiantes sea el pan diario. Hay que pensar bien y someter a crítica nuestro sistema educativo para no tener que pagar el precio de la libertad: el mal.
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