Indignación

Stephane Hessell hoy es uno de los autores mas leídos en Europa.

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Interesante que un nonagenario, el señor Stephane Hessell, se convierta en el ideólogo de muchos de los movimientos de protesta europeos.

Hessell es un sobreviviente de los campos de concentración nazi que, además, participó en 1948 en la preparación de la Declaración de los Derechos Humanos y previamente había servido con De Gaulle en las filas de la Resistencia.

Judío alemán y nacionalizado frances, su vida resulta conmovedora, pero suena más como el relato de algún libro de historia sobre la Segunda Guerra que como la vida de un personaje de actualidad.

Hoy es uno de los autores mas leídos en Europa y, con seguridad, lo será en muchos otros países del mundo. Su trabajo del 2010, Indignaos (Indignez-vous), traducido a más de veinte idiomas, se ha convertido en la inspiración de miles de personas que protestan en Europa por el estado de las cosas.
 
Se trata de un pequeño panfleto de menos de cuarenta páginas que propugna por la necesidad de indignarse por mucho de lo que se vive. Al estilo de Gandhi, toma una posición muy firme para cuestionar lo que ocurre, pero propone expresiones pacíficas. Llama a la indignación por la discriminación a los inmigrantes, por el deterioro del medio ambiente y por el problema palestino, pero, sobretodo, es una defensa vehemente de lo que se llamó el Estado Benefactor, que permitió mucho de la recuperación europea de la Posguerra.
 
Ese Estado garantista que permitía a los ciudadanos mirar con tranquilidad su futuro, a diferencia de aquel dominado por la lógica del mercado, donde el futuro se vuelve totalmente incierto y las diferencias se han ensanchado de forma abismal.
Es cierto que la sostenibilidad financiera del modelo benefactor sería hoy una ilusión, pero también es cierto que el modelo de mercado que ha imperado en los últimos años dificilmente resulta sostenible por las tensiones sociales que está generando.

A los hechos que ocasiona el papel secundario del Estado hay que sumar, de otro lado, el efecto dinamizador de la globalización y de los medios de comunicación, que impulsan a la gente a hacerse sentir frente a sus angustias. Cuando el europeo promedio, que está viendo disminuir sus ingresos y en riesgo su futuro, ve las protestas en el Medio Oriente y en el norte de África, con seguridad se cuestiona si no debe hacer algo similar para mejorar su futuro.

De alguna manera la cohesión la están encontrando en el librito de Hessell, que les recuerda lo que tuvieron y ya no tienen, y la razón de muchas de las luchas de los que los antecedieron.

En la medida en que ‘la indignación’ crezca y los responsables del manejo económico sigan con su miopía, como ocurre en el sector financiero de los Estados Unidos, las tensiones se van a agudizar y las fuerzas sociales empujarán el péndulo de la historia hacia posiciones cada vez más lejanas de las que han caracterizado al sistema mundial en los últimos años.

Lo que viene ocurriendo puede llegar a cambios de magnitud insospechada que no se deben ignorar.
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