La cumbre que los gobernantes de América Latina y el Caribe celebran en estos días en el hermoso balneario mexicano de Cancún, no parece ser una más de las muchas reuniones de este tipo, que se realizan varias veces al año.
Sobre todo para Colombia y para el presidente Álvaro Uribe, el encuentro tiene significado particular. En primer lugar, porque puede ser la última vez en la que el mandatario colombiano les vea las caras a sus colegas del hemisferio, si se tiene en cuenta lo embolatado que parece estar el referendo reeleccionista. Y en segundo lugar, porque las cancillerías de Bogotá y Quito han anunciado un encuentro formal entre Uribe y el presidente ecuatoriano Rafael Correa, que podría marcar el fin de dos años de crisis en las relaciones binacionales, y su normalización definitiva por la vía del intercambio de embajadores.
Los vientos que vienen soplando entre los dos gobiernos, han sido refrescantes y favorables desde que los cancilleres Jaime Bermúdez y Fander Falconí se pusieron, hace seis meses, en la tarea de sanar las heridas y recomponer los vínculos, terriblemente deteriorados desde el bombardeo colombiano al campamento de 'Raúl Reyes' en territorio ecuatoriano, a pocos metros de la frontera con Colombia, en marzo de 2008. Y a fe que los cancilleres avanzaron y que Falconí se la jugó toda, en medio de no pocos debates internos en el equipo de colaboradores de Correa, donde el Canciller representaba una línea moderada frente a la línea dura, identificada por muchos medios ecuatorianos como chavista y hostil hacia Bogotá.
El problema justamente es que Falconí ya no está en su cargo. Y aunque su retiro no se debió a las gestiones que hizo para acercarse a Bogotá, lo cierto es que ha sido reemplazado por Ricardo Patiño, un personaje de la línea dura, a quien hace pocos días el diario ecuatoriano El Universo definió como gran amigo del "socialismo del siglo XXI" que promueve el presidente venezolano Hugo Chávez. Además, fue colaborador del ministro de Seguridad, Gustavo Larrea, quien tuvo que irse del gobierno de Correa cuando surgieron indicios sobre sus cercanías con 'Raúl Reyes' y las Farc.
Ojalá que estos antecedentes no impliquen un freno en los avances hasta ahora alcanzados hacia el restablecimiento definitivo de las relaciones que, bueno es recordarlo, aún no se ha dado. Afortunadamente, decisiones como el levantamiento de las salvaguardias arancelarias por parte de Ecuador en contra de las exportaciones colombianas, que fueron echadas atrás del todo hace pocas semanas, son un buen augurio. Falta por supuesto la eliminación del antipático requisito del certificado judicial y la puesta en marcha de un verdadero plan de desarrollo fronterizo, clave para la población de la zona y para mejorar las condiciones de seguridad.
Pero hay más asuntos interesantes en lo que significa Cancún. Después de varias cumbres -las tortuosas de Unasur- en que Uribe estuvo bajo el fuego cruzado de Caracas, Quito, La Paz y hasta Buenos Aires, y visto con distancia por Brasilia y Santiago de Chile, el ambiente de esta cita luce diferente. Primero, porque el anfitrión, el mexicano Felipe Calderón, es un aliado de Colombia en el hemisferio. Y segundo, porque una serie de eventos políticos ha marcado un freno al avance chavista en la región: su aliado hondureño, Manuel Zelaya, hoy no está, y su reemplazo ya le notificó su retiro del club de países conocido como el Alba; su partidaria argentina, Cristina Kirchner, perdió sus mayorías parlamentarias, y en Chile, ganó el derechista Sebastián Piñera.
De modo que no resulta exagerado decir que esta cumbre es la primera a la que Uribe puede ir, no a defenderse, sino a plantear temas e incluso a liderar agendas, cuyo desarrollo será del resorte del próximo Gobierno.
El debate central será sobre el tipo de organización regional que debe surgir para unificar a los países latinoamericanos y caribeños. Un segundo asunto tiene que ver con la crisis económica mundial y sus efectos en la región. Y el tercero, el cambio climático y los desastres naturales. Por cierto, más allá de lo que decidan los presidentes y cancilleres sobre el delicado tema del calentamiento global, lo único cierto es que quien parece vivir un cambio climático en la región -y al parecer para mejor- es precisamente Colombia.