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Roldanillo y su museo

Como tantas otras poblaciones fundadas a comienzos del período colonial, el pueblo de Roldanillo nació invocando la protección de san Sebastián. Con ello se esperaba que este santo y mártir protegiera a sus habitantes de las flechas de los indígenas.

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Pero antes de que los belicosos pijaos, hacia el año 1600 se ensañaran con las poblaciones del valle del Cauca, estas tierras habían sido habitadas por otros indígenas que desaparecieron pocos años después de la llegada de los conquistadores. Los españoles los habían bautizado 'gorrones', por la palabra que ellos usaban para designar al pescado, su principal sustento. Los folletos de bienvenida al Roldanillo actual insisten en que los habitantes originales eran "de talante pacífico y acogedor". No creo, sin embargo, que hubiera opinado lo mismo Pedro Cieza de León, cuando recorrió estas riberas del Cauca acompañando a Jorge Robledo. Es dramática la descripción que hace el cronista soldado de una casa enorme atestada de cuerpos humanos sentados en un macabro cónclave, con los pellejos preservados gracias a que estaban rellenos de ceniza. Y cuenta también la anécdota de una olla con caldo humeante que dejaron los indios abandonada en su huida para deleite de los españoles hambrientos. Muy tarde descubrieron en ella las presas humanas que le daban el sabor al caldo. Dice la tradición que la devoción que aquí se tiene a la Virgen de Chiquinquirá se acrecentó una noche en la que los pijaos sitiaban al pueblo, y sus habitantes decidieron organizar una procesión para conjurar tan terrible amenaza. Desde los montes vecinos los indígenas contemplaron las teas ardientes y se asustaron al confundir una manifestación de temor y devoción con un despliegue de fuerza militar. Y entonces atacaron a Buga; pero ésa -claro- es otra historia. El hecho es que en Roldanillo optaron por construir una ermita en donde se venera una copia cuatro veces centenaria del famoso lienzo boyacense. La capilla original, de bahareque y paja, fue reemplazada luego por una construcción de ladrillo, en la que contrastan las líneas sobrias del interior del templo con el elaborado estilo mudéjar de la fachada. Hace bien hoy Roldanillo en confiar en el turismo para su futuro sustento económico. Para ello lo tiene todo. Tiene numerosas casas bien preservadas, de tiempos coloniales, y tiene tradiciones y cuentos de aquellos que atraen tanto a historiadores como a beatos. Tiene variados escenarios naturales, con tierras fértiles tanto en el valle como en la loma. Y con sus mil metros de altura y su ubicación en las primeras estribaciones de la más occidental de las tres cordilleras, tiene un clima algo más benévolo que el de las ciudades vecinas. Pero lo que más se destaca de Roldanillo es quizás su prolífica actividad cultural. Y no es cosa de hoy. Después de todo allí nacieron el poeta Carlos Villafañe y el escritor y educador Eustaquio Palacios, autor de la novela ‘El alférez real’. Precisamente en homenaje a Palacios fue bautizado con su nombre el puente metálico sobre el río Cauca, que por muchos años unió a Roldanillo con Zarzal, y que hoy es un triste arrume de metal oxidado. Cuando se inauguró en 1926, este puente colgante de 162 metros de longitud era una de las más grandes obras de ingeniería del Valle del Cauca. Del poeta Villafañe, autor de numerosos sonetos, hay huellas en todas las calles del pueblo. Se ha trazado un recorrido que permite ir evocando al caminar los versos de este hijo ilustre de Roldanillo que en los primeros años del siglo XX hizo parte de la generación de poetas que a instancias de Julio Flórez conformaron la Gruta Simbólica. Pero lo que más fama le ha dado a Roldanillo es sin duda el museo Omar Rayo, inaugurado en 1981. Este artista, nacido aquí en 1928, se fue del pueblo un día para peregrinar primero por América Latina y luego por los Estados Unidos. En un principio, y a medida que fue ganándose un espacio entre los grandes, sobrevivió vendiendo caricaturas y dibujos sencillos. Pero Rayo no habría de ser uno de tantos hijos pródigos que, como en el poema de Villafañe, "no encuentran sombra ni descanso en eso que llaman la corriente de la vida". Buena parte del capital que el maestro Rayo ha conseguido en su productiva carrera artística se encuentra invertido aquí en su pueblo, en un museo que se ufana de competir con los de las grandes ciudades no sólo en el número de visitantes que recibe, sino en la calidad de sus exhibiciones. Es difícil no dejarse impresionar por la naturaleza geométrica que tienen los intaglios de Omar Rayo, sus ‘papeles doblados’, mezcla de origami y arte indígena, o su cruz de innumerables ángulos rectos que adorna el templo parroquial de san Sebastián. Hay, pues, muchas razones para justificar una visita a Roldanillo. Que una de ellas sea evocar la nostalgia del poeta Villafañe, en su soneto El vacío: "Unos se van y vuelven y, al regreso / encuentran en el punto de partida, / un amor que les da la bienvenida / con un abrazo o con la miel de un beso. Otros vienen y van y, bajo el peso / infausto de su cruz ensangrecida, /no encuentran sombra ni descanso / en eso que llaman la corriente de la vida. Y yo, pobre viandante, en el camino, / cuando a mi propia soledad me entrego, / pienso que en el vaivén de cuanto existe, no encuentra mi ilusión de peregrino, /ni quien, cuando me voy, se ponga triste, /ni quien me abra los brazos cuando llego."
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