La primera vez que visité Nueva York, iba poseído de una curiosidad entomológica. Había leído en un libro de Gay Talese que las hormigas circulaban en el último piso del Empire State, y yo no podía creer la historia de los bichos en Manhattan. Ya Julio Cortázar había descubierto en París a los cronopios. "Día a día me entero de nuevas costumbres y andanzas de estos bichos", relataba el escritor, sorprendido al ver cómo le nacían en la calle, en el metro, en los cafés. "Cronopios por todos lados".
¿Pero hormigas en el Empire State? Tan lejos ellas de un roscón dejado al azar en Ibagué o en Venadillo, metidas en la urbe, extraídas de su nicho feliz en Santander... Pero allí estaban. Haciendo caso omiso de la panorámica imponente, me detuve en un caminito incipiente de formícidos, nada qué ver con las hordas estupendas que en mi tierra se precipitaban sobre todo vestigio de comida. Al bajar, las encontré también en la Quinta Avenida, como avanzada de una plaga de película, pues el argumento de toda cinta tiene como objetivo la destrucción de Nueva York.
No pretendí, ni lo quiero hacer ahora, especializarme en mirmecología. Pero la presencia de hormigas en 'La Gran Manzana' me confirmó que esas himenópteras se sumaban a la colonia de moscas y cucarachas, ya establecidas en prácticamente todos los sitios de la tierra.
Hace poco se descubrió que los chinches de cama también estaban en el Empire State, mercando en Bloomingdale's, agobiando al personal de las Naciones Unidas. Una alarma de plaga alertó posteriormente a París, adonde se fueron a hacer turismo en picada, encaletados en las maletas de los gringos, como en cierta forma ya lo había predicho Albert Camus.
Lo cierto es que toda entidad, todo país, tienen su propia plaga. Está escondida en las oficinas, en los salones, haciendo su trabajo depredador con paciencia milenaria, canibalizando en insistente soledad u organizada en colonias, extendiéndose en silencio sobre el territorio de las conciencias y las responsabilidades. ¿Quién iba a pensar, por ejemplo, que una institución que tuvo en su cabeza a un caballero como Carlos Albornoz, estaba siendo carcomida por las sabandijas? ¿Cómo creer que no se trata de bichos aislados, sino de una plaga que infesta cerca de diez instituciones hasta ahora diagnosticadas con la plaga?
La plaga hay que descubrirla a tiempo y combatirla. Exterminarla. ¿Hay alguna plaga en el Congreso de la República? ¿Chinches de cama viajeros y engolosinados? ¿Colonias de hormigas feroces constituidas por muchos machos y contadas reinas fértiles que se multiplican sin control por las alfombras republicanas? ¿Pulgas, piojos, comején? La salud pública debe proteger pronto a los Padres de la Patria. La plaga los afectaría gravemente, y se podría extender a edificios vecinos como el Palacio Liévano o el Arzobispal, fluir por rutas subterráneas hasta el Concejo de Bogotá o la Gobernación de Cundinamarca... Colombia es muy grande. Hay mucha gente en peligro.
Es una alerta epidemiológica. A Colombia le ha caído, o ha sido descubierta, mejor, la plaga de los corruptos y sus especies derivadas, que es más destructora que la guerrilla y los paramilitares juntos, y que ha saqueado al Estado tanto tiempo, como para incluirse campante en la celebración del Bicentenario. No todos son insectos, claro. También hay ratas. Ojalá las combatan. De verdad.