Bogotá es más trancón

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Ya se ha trillado suficiente el diagnóstico que atribuye el pandemónium al número de carros, la reconstrucción destructora de la ciudad, su mala planificación de origen y la falta total de visión de sus autoridades pretéritas, que continuaron haciendo en el siglo XX vías apropiadas para que pasara orondo el carruaje del Virrey. Pero hay razones estructurales y culturales, incluso del ejercicio de la autoridad, que complican el abordaje del asunto y remiten la solución a medidas drásticas y paradigmas de convivencia, que las autoridades prefieren esquivar, mucho más en este año de paranoia electoral.
El tránsito en Bogotá es el reflejo de una cultura que prioriza la voluntad individual sobre la norma y el interés colectivo (a pesar de cumplir 10 años de TransMilenio, que le quebró el espinazo a esa práctica perversa). Mejor dicho, aquí los choferes hacemos lo que nos da la gana. Nos parqueamos donde nos provoca, cogemos por donde queremos y asumimos como “destreza” ejercicios osados e irresponsables como la olímpica “echar reversa”, manera categórica de demostrar que todo nos importa un pito. Se plantan los papás a la entrada de los colegios, que transportan a los alumnos en aparatosos buses turísticos. Hay filas bloqueadoras para acceder a lavaderos de autos, centros comerciales, restaurantes, etc. Y somos expertos en crear la excusa para justificar los “cinco minutos” interminables de nuestra cínica infracción.
El tránsito en la ciudad es también el trasunto de un país informal, en el que se mezclan transportes de los tres últimos siglos. Hay zorras, triciclos, móviles de tracción humana, motos y toda una variedad de vehículos en tan diversos estados mecánicos, cuya existencia sólo puede comprenderse por la desesperada obligación de sobrevivir. La frontera entre el andén y la vía, que logró establecerse antes de que a esta ciudad se la llevara el P… olo, ha vuelto a perderse. Hoy es una zona común e incierta, presa del más vivo, pues la “viveza” es la reina de la calle.
Salvo las posibilidades que abrió el controvertido Plan Zonal del Norte, la ciudad continúa creciendo sobre los mismos espacios, densificándose más y transformando casas en edificios multifamiliares o complejos de oficinas, que vomitan sobre las calles su multiplicada avalancha de automóviles.
Se puede mencionar que seguimos sin un mecanismo expedito para resolver los choques con, la defectuosa señalización de las obras públicas y privadas, la falta de voluntad política y creatividad en horarios masivos de labores y alternativas de teletrabajo, la caótica organización de los suministros y los servicios de carga y descarga, los escoltas, el uso irresponsable del celular y la incapacidad de movilizarnos solidaria y colectivamente, organizándonos en un solo carro con amigos y vecinos. Son tantas cosas, que ya se me trancó esta nota.

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