Hace pocos días, la gobernadora de Córdoba, Marta Sáenz Correa, conquistó un indeseado hito de popularidad: ser igualmente repudiada por hombres y mujeres, gracias a una medida denominada 'Resolución 04'. ¿Qué puede ser tan grave en este país que pasa por una etapa de presente ambiguo más inverosímil que su trágico pasado?
Resulta que la señora Sáenz prohibió a las féminas que laboran en las diferentes dependencias utilizar minifaldas, blusas ombligueras y escotes pronunciados, interdicción que se supone extensiva a los pantaloncitos a media nalga. La reacción de la masa fue escatológica con la Gobernadora. Salió a relucir el asunto ese del libre desarrollo de la personalidad, y la artillería de palabras pesadas le tiró al blanco de la propia femineidad de la Mandataria, explicando el asunto como una secuela de envidia, frustración y amargura.
El tema fue asumido como una prótesis de farándula y rápidamente sepultado por la lava noticiosa del país. Todo parece indicar que la Gobernación también se asustó, pues en su página web no aparecen ni señales de la chispa del escándalo. Sin embargo, la 'Resolución 04' merece una reflexión más destapada y una mayor atención a los argumentos que la motivaron. ¿Cómo deben ir vestidas las mujeres al trabajo? Según la Gobernadora, la indumentaria no es para enamorar ni para seducir, mucho menos para simular un desfile de modas. "Uno tiene que venir bien presentado a trabajar", aseguró la Gobernadora, al referirse a una forma "decente" de vestir. Es simplemente una etiqueta laboral, que una empresa o una institución tiene todo el derecho de exigir, un dress code obligatorio en un reglamento de trabajo. Y sé de muchas empresas que han llamado la atención de sus empleadas, pero no solamente de aquellas que tienen relación directa con los clientes, sobre su forma ligera de cubrirse.
La situación resulta difícil en el delicioso ambiente erótico de nuestra época. La exhibición de cualidades naturales o artificiales se ha convertido en una forma de vida social, independiente de las edades y de las regiones. El narcisismo, que según el difunto Tomás Eloy Martínez es también la peste que está enfermando a la profesión periodística, es una moda inefable.
Nadie espera que en esta época de calentamiento global y clima loco haya abstinencia de escotes, que se omita la sensual exhibición de brazos desnudos o que se baje la presión de los pantalones ajustados, en los que se insinúan indómitos glúteos de todos los tamaños. La minifalda es bendito espectáculo, especialmente cuando permite disfrutar de unas piernas interminables, muchas gracias.
Pero el asunto en los lugares de trabajo se ha relajado. Por lo dicho, y por ese prurito de considerar el viernes como un sábado feliz, que libera a las mujeres del rigor indumentario y desabrocha a los hombres, acomodándolos en 'la informalidad' como en una descuidada mixtura.
El buen vestir, recatado y decente, sin entrar en extremismos, identifica empresas y corporaciones, y las valora ante sus clientes. No se concibe, por ejemplo, que las azafatas de Avianca, en vez de su uniforme tradicional se ataviaran con una minifalda y una blusita transparente, como si fuera un servicio de Playboy. Es decir, no se concibe, aunque lo pongan a uno a volar.