Sobre las parejas cae una maldición que puede ser su ruina: el momento de mercar.
Es más: si el trato fuera que hombre y mujer alternaran para ir al supermercado o a la plaza, ocurriría lo mismo que si la propuesta se relacionara con el parto: no pasarían de dos, si el primero es masculino o de tres, si es femenino.
Por muy acogedoras y plácidas que sean las instalaciones de las llamadas ‘grandes superficies’, la tarea de hacer mercado –cada semana, todas las semanas del año, todos los años– es la prueba máxima de la armonía conyugal.
Ahí, impulsando ese carrito precario y alcanzando una multitud de objetos, se define una parte fundamental de la felicidad.
Por eso, novias y novios, antes de casarse, capitulen el uso del baño que tantos sinsabores trae, el caótico manejo de los clósets y la tarea de mercar, que puede resultar aparatosa y separatista.
Los hombres establecen que sirven para todo, menos para pasar una tarde de fútbol impulsando el carrito, aunque en la época feliz de la conquista se hubieran declarado adeptos del canasto y todavía sonrieran al culminar la primera hora con su amada meditando ante un paquete de chitos.
Y es que no todos son como Gardeazábal, que distingue la nacionalidad de las cebollas y merca con solvencia en ‘La 14’.
¡Qué va! Hay que ver lo que significa para muchos la idea angustiosa de tener que hacer solos el mercado, únicamente superada por el martirio de tener que hacerlo en compañía.
La cara se les transforma, caen en el mutismo y sucumben al improperio, mientras deambulan como ‘trolls’ encadenados por los pasillos del supermercado. Otros se alejan infamemente, conservando una dignidad postiza, y evitan que se les relacione con la que impulsa el carrito, a la que con vergüenza alcanzan en la caja.
Mientras transitan de góndola en góndola se va gestando la pelotera, que estalla franca y abierta en la registradora, cuando deben devolverse a cambiar cualquier chuchería, y se los lleva el demonio.
Y ay que la esposa le diga que cuando lleguen tiene que ayudar a ordenar lo mercado, segunda parte de esa tortura china, porque quedan sellado el divorcio y rota la ilusión reparadora del sexo.
¿Es mercar una tarea de mujeres? ¿Les compete, además, tener que ordenar todo en la nevera, disponerlo en las alacenas, partirlo, distribuirlo, tajarlo? Definitivamente, no.
¡Hay que detener esa injusticia! Por eso esta nota es un llamado de auxilio para que los supermercados implementen algún tipo de asesoría biosicológica, un tipo de marketing, que nos permita romper esa barrera y colaborar. Para distinguir siquiera la nacionalidad de las cebollas y dejar de ser tan inútiles.