El fin de semana de tres días que comienza hoy viernes, y el del 11 de noviembre, son jornadas insólitas para quienes no entienden el mecanismo autóctono y feliz de los feriados.
Para los colombianos son benditos, luego de un septiembre totalmente productivo y un larguísimo octubre, que sólo interrumpió otro aniversario de la mañana en que Colón creyó haber llegado a otra parte y su historia comenzó a estibarse en un mar de supuestos.
Cartagena se aglomerará como destino de descanso, en el que el atractivo gastronómico condimentará la seducción del Caribe, que redoblan estacionariamente las fiestas populares y el Concurso de Belleza.
Y aunque son multiplicados, variados y costosos los restaurantes de La Heroica, quienes la visitan suelen ser fieles en la agenda de frecuentar dos lugares sacros: las Casas de Socorro, multiplicadas sin confundir la original, y el kiosco El Bony. Yo soy cliente de los dos, pero particularmente asiduo al que el boxeador comenzó en 1976, “sin gas, sin agua, sin luz ni permiso”.
Bonifacio Ávila figura en Wikipedia con un breve texto en inglés, en el que se registra su participación en los Juegos Olímpicos de 1972, en Munich. Con él fueron Prudencio Cardona, Calixto Pérez, Eduardo Barragán, Emiliano Villa, Clemente Rojas y Alfonso Pérez, que ganaron para nuestro país dos bronces solitarios y honrosos.
Él se encarga de recordarles su historia boxística a los visitantes a este kiosco de techo azul plantado frente al Hotel Caribe y la Estación de Policía de Bocagrande.
Hay recortes de prensa fijados en las paredes en medio de pescados flotantes y livianos crustáceos de madera, entre los que se puede leer bajo la pátina amarilla: Avila trouve que le LeClair a du punch. ‘El Bony’ tiene su propia galería de la fama junto a Bernardo Caraballo, ‘Pambelé’, Rocky Valdés y ‘El Happy’ Lora.
Comer en el kiosco del Bony, que así se anuncia como destino en el taxi, es situarse en medio de un desfile popular. Aunque recalca la venta de la manteca de tiburón, tiene especialidades como el sancocho de pescado y la cazuela de mariscos, y uno se come ese u otros platos de gloria, viendo la gente que retoza en la playa o escuchando la historia de todos los vendedores de todo, que circulan por allí con su tenacidad de pescadores.
A mí me gusta ir por las noches, cuando el barullo se traslada al centro detrás de las murallas.
El fantasma del mar se mete sofocado en el kiosco, y cae bien una Club Colombia fría, un caldo de pescado alimonado y un patacón gigante, que degusto con la novedad agradecida del cachaco blancuzco. Y después, lo que sea.