La mala fortuna que acompañó un momento de la vida de entidades como Saludcoop, Convivir y las Cooperativas de Trabajo Asociado, salpicó injustamente un movimiento global que ha servido como alternativa de economía solidaria frente a la avaricia brutal del capitalismo: el cooperativismo.
Cuando supe que la Organización de Naciones Unidas (ONU) había declarado este 2012 el Año Internacional de las Cooperativas, volví a mi último periodo de bachillerato. El rector del colegio estaba convencido que el cooperativismo ofrecía una posibilidad de solidaridad humana productiva, capaz de interponer una barrera de fraternidad en el desolado panorama del capitalismo salvaje y la desgracia totalitaria que se avecinaba en el socialismo.
El hombre visionario deslizó en ese pensum de materias inútiles una clase semanal de cooperativismo. Supimos la historia de los Pioneros de Rochdale y llenamos de granjas el desierto, cuando aparecieron los kibutz y moshav de Israel. Llenos de sueños, los alumnos de entonces nos inflamamos de principios como ayuda mutua, responsabilidad, igualdad, equidad y solidaridad. Nociones que arrasó la vida en la manada, cuando abandonamos el idilio de la juventud.
Lo cierto es que en eso, mi generación carga con otro fracaso. La sociedad en la que nos desenvolvemos, y que legamos inclementes a nuestros hijos, es una huraña jungla de egoísmos. La construcción de un beneficio colectivo –solidario, natural, altruista– ha sido nula. No rompimos el esquema de disociación en que se mueve nuestro país, donde es más fácil poner de acuerdo a un tigre y a un venado que a dos colombianos.
Por eso, aplaudo que Confecoop (Confederación de Cooperativas de Colombia) y Ascoop (Asociación Colombiana de Cooperativas) estén decidas a divulgar el valor del cooperativismo en este año de celebración. Buscan evangelizar a los jóvenes sobre esta forma de vida posible para todos, y atraerlos para que la promuevan como una opción cierta de asociación.
Hay cerca de 6 millones de personas afiliadas al sector de la economía solidaria. Se dividen en 8.533 cooperativas, 2.060 fondos de empleados y 272 asociaciones mutuales. Del valor que estas agrupaciones han tenido en la vida de millones de personas, pueden dar fe quienes las han aprovechado en sus empresas y lugares de trabajo. Mi familia ha hecho posibles muchos sueños gracias al fondo de empleados, y doy fe laboral de la valiosa experiencia de Coomeva.
Como se puede leer en las páginas web de las entidades mencionadas, el movimiento cooperativo está vivo en el mundo. Desde Alemania hasta Burkina Faso. Ojalá se potencie en Colombia, dejemos atrás la mala fama de las ovejas díscolas y empleemos el cooperativismo para romper esta mezquindad ladina que nos está matando.
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista cgalvarezg@gmail.com