A todos los usuarios de la telefonía celular en Colombia nos alegra lo que están haciendo las empresas operadoras para mejorar el servicio en el futuro, porque realmente en el presente las cosas no están saliendo del todo bien.
Es una de esas paradojas en las que los anuncios de fusiones, cambios de marca, integración de servicios y grandes inversiones son un hecho plausible, pero la cotidianidad del uso es un calvario para los que ya no podemos desprendernos del dichoso aparato.
Comencemos por quienes nacimos con las primeras empresas y sus servicios precarios, con las monumentales ‘panelas’ que hoy son jurásicos recuerdos de una era arqueológica.
El orgullo de portar o cargar los equipos pioneros se interrumpía con los saltos de la señal, que cruzaba su estabilidad con la gesta de instalar las antenas a través de las ciudades, a lo largo del territorio nacional.
Pagamos sumas exorbitantes por la llamada saltarina, y desde entonces fuimos conejillos de indias en la manera de implementar la atención a los clientes y el servicio técnico con los que muchos perdieron no solo las llamadas, sino la paciencia.
Fue un precio alto que pagamos los usuarios, como todo lo que solemos sufragar los consumidores aquí.
Muchos años después, los operadores han ganado toda la plata del mundo. No en vano la exComcel compite con Ecopetrol por el lugar en que se yergue la primera empresa del país.
Los domésticos centros de atención del pasado, hoy son enormes puntos que representan parte importante de las inversiones y configuran la creación del empleo que tanto se necesita.
Pero las quejas de los clientes mantienen a la Superservicios y al eficiente César González sin un minuto de solaz.
Bien sea por el carácter abusivo de los contratos, las permanencias forzadas para adquirir aparatos y el carácter tortuoso de los trámites, entre otras muchas sevicias, la gente parece que no encontrara empresas amigas, sino monopolios monstruosos y voraces.
El aparato celular hace ya parte de la canasta familiar y de los motivos de consultas psiquiátricas.
Empero, la paradoja más incomprensible es que el mundo ilusorio de los costosos smartphones, cargados de maravillas presentes para utilizar en una era inalcanzable, se chocan cada día con la congestión de las redes, que representa caídas en las llamadas e interrupciones injustificadas de la señal.
Buena tarea sería para un sociólogo investigar cómo el mal servicio de los celulares, destinados angelicalmente a mejorar la comunicación, ha terminado por arruinar relaciones y configurar momentos de discordia entre amigos y amantes.
Otro tema es el del uso del celular en el exterior, el inefable roaming. Pero aquí se cae esta llamada de atención.
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista
cgalvarezg@gmail.com