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Migración Colombia

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Los bárbaros fueron para griegos y romanos fundamentalmente los otros, los extranjeros, habitantes de comarcas fronterizas a quienes se despreciaba como tributo a la propia gloria.
Noción irrisoria ante el gran fenómeno del siglo XXI que ha comenzado a gatear por el mundo: la migración.
Devaluado el sueño gringo todopoderoso y desinflada la fantasía europea de la dolce vita, las corrientes han comenzado a invertirse.
Y luego de siglos de desdén, no existe imán más atrayente que América Latina. Al país se devuelven los compatriotas de la diáspora, y al llamado ‘sueño colombiano’ se suben personas de diversas nacionalidades, como a un transbordador Éxodo feliz.
Animados, entre otras razones, por el vigor del nuevo Estatuto de Visas, que les abre las puertas de par en par a los extranjeros, sobre todo si vienen a trabajar.
El migrante llega a Colombia como a tierra prometida. El Dorado redivivo. Experiencia rentable de oportunidades económicas. “Aunque su reputación no es muy buena, es un muy buen país para hacer negocios”, dijo esta semana un experto en este concepto que abrió oficina en Bogotá.
Pero también existe un sortilegio, además de las mujeres hermosas.
Los colombianos somos naturalmente amables y entusiastas con los extranjeros, incluso desde los días aciagos del siglo XVI.
Con el invasor de la espada y la cruz, que mataba y bendecía, nos acostamos y amancebamos, conformando los cruces de lo que somos: mestizos, mulatos, zambos. Y nos quedó en la idiosincrasia esa bonhomía con todos los que llegan, y a quienes la procedencia de ultramar otorga un halo mágico, un pasaporte glorioso.
Por el contrario, no siempre le ha ido bien al migrante colombiano cuando busca instalarse en lar ajeno. No le pagan con la misma moneda.
En parte, porque está dispuesto a todo, comenzando por la ilegalidad. Nada que hacer: es una oportunidad, ante la que muchas veces quema las naves para imponerse un inadmisible retorno. Acepta largas horas de trabajo, malos pagos y tratos injustos, con tal de girar un billete que se multiplica cuando llega a los parientes que dejó por acá.
Un milagro se opera, sin embargo, en su conciencia. Descubre que existe el Estado y lo respeta –paga impuestos, acata la luz del semáforo, hace fila–, cosa que, definitivamente, ‘nanai cucas’ por acá.
La forma agria como reciben al colombiano puede comenzar en su misma patria.
Con el cilicio de las visas. Mientras tenemos el corazón en remojo ante la posibilidad de eliminar la Schengen, y varios países nos liberan de cadenas burocráticas para que entremos a sus territorios, hay otros que nos atraviesan la tranca.
Necesitamos, por ejemplo, una conversación urgente con Australia, que nos discrimina frente a otros latinoamericanos y nos hace enviar a Chile un cartapacio de fotocopias polícromas, entre otros embelecos que cuestan un ojo de la cara.
También la Cancillería debe enfatizar en el acuerdo con Alemania, y que los colombianos no tengamos que dejar de serlo para acceder a la nacionalidad germana.
Hagámonos pasito. El buen trato es una ventaja competitiva. Perdurable. No solo para hacer negocios, la respuesta es Colombia.
Carlos Gustavo Álvarez
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