El fin de semana pasado, miles de carros regresaron de un puente frenético –que combinaba factores como el pago de la quincena y el retorno de los estudiantes de la absurda ‘semana de receso’–, y las carreteras se convirtieron en una pesadilla.
Al mediodía del lunes, las vías atestadas entraron en barrena. Revivió el incesante tormento de La Línea y el túnel orondo que conecta a Bogotá con Villavicencio colapsó por el incendio de una buseta.
La gente que venía de la festivalera capital del Meta tuvo que devolverse, tomar camino el martes de madrugada, con igual demora y el espíritu indignado.
Una larga caravana de automóviles ocupó en toda su extensión la vía que conduce de Melgar a Bogotá, llamada aspiracionalmente ‘doble calzada’, monumento colosal a la ineficiencia, a la imposibilidad de sobreponer el interés público sobre el privado y a la corrupción.
Quienes salimos de esa veraniega y caótica ciudad a las tres de la tarde coronamos la capital pasadas las diez de la noche.
Las horas transcurrían junto a laderas tapizadas de resbaladizas piedras jurásicas, frente a las cuales debería prohibirse o prevenirse todo tipo de tránsito. ¡Fueron siete horas de viaje a un promedio ridículo de velocidad: ‘una exitosa operación retorno’!
Como si fuera poco, colapsó Cartagena. Toda. La de los ricos y los turistas, pero sobre todo la de los pobres.
Se les cayeron las, digamos, viviendas, con monte incluido, se les metió el agua toda. Una tronera se abrió en la carretera de La Cordialidad, que terminó vomitando camiones y mulas por las vías aledañas al aeropuerto. La alcaldesa Judith Pinedo declaró el comienzo de una emergencia de debacle.
Ese es el país que entregaremos a los Tratados de Libre Comercio.
Y no será solamente porque el invierno es feroz y castiga a esta tierra como una peste bíblica. Esas montañas siempre han estado ahí, y esos ríos y esas corrientes… Pero también hay huracanes y tifones, tornados, tsunamis y terremotos en otros países de este mismo universo, que hacen obras menos vulnerables o resuelven sus tragedias en menos tiempo y desde mucho antes, y de una forma más colectiva y responsable por parte de su sociedad civil, y sin duda, con gobiernos mejor organizados y funcionarios que no cuadran con las reparaciones su pensión vitalicia.
El país no se ha preparado nunca para subyugar su geografía, para volverla su aliada y no su enemiga.
Y aunque suene a cantaleta, sí: el problema se llama infraestructura. Pero, sobre todo, es de cultura de construcción de territorio para el siglo XXI, no de un país apenas para el mapa.