Si alguien me preguntara por la quinta esencia, piedra filosofal o llave maestra de la vida, le respondería, sin duda: saber preguntar. Y si me interrogaran sobre por qué encuentro naufragados procesos educativos, sistemas gerenciales, métodos de comunicación y labores periodísticas, agregaría: porque no sabemos preguntar.
Este planteamiento complementa otro, hecho en esta tribuna: con la garlancha de la memorización y el buldócer que arrasa el pensamiento crítico se está destruyendo la capacidad de pensar. Engolosinados en saber + saber respuestas, nos hemos olvidado del arte de la pregunta, que es el ábrete sésamo del conocimiento.
¿Cuántos riñones tenemos? –preguntó el profesor de Medicina a su atento auditorio de 21 alumnos.
44 –le respondió un estudiante disimulado en la última fila.
Traigan una palada de pasto para este burro –determinó el docente–. Y se sale de clase.
Transitó rumbo a la puerta, desconcertado ante sus compañeros, pero antes de salir el alumno se dirigió al profesor:
Tenemos 44 –dijo– “Tenemos” es plural. 22x2= 44. Disfrute del pasto, profesor.
Albert Einstein decía: “Si yo tuviera una hora para resolver un problema y mi vida dependiera de la solución, gastaría los primeros 55 minutos en determinar la pregunta apropiada.
Porque una vez supiera la pregunta correcta, podría resolver el problema en menos de cinco minutos”.
Saber preguntar, enunciar la pregunta adecuada, es clave en casi todas las actividades que son la vida.
Educar, por ejemplo. En la abolición del pensamiento aplicado y en el desconocimiento de que lo importante ahora es que la información está ahí y que debemos aprender a utilizarla, seguimos extraviados en la tarea de potenciar el pensamiento crítico. Memorizamos y recitamos desde el parvulario hasta el posgrado, esterilizando la innovación y extirpando la creatividad.
No sobra decir que saber preguntar es la clave del buen periodismo. Es palanca hermanada con otra para mover un mundo ansioso de verdades: saber escuchar.
La ausencia de esos dos motores convierte las entrevistas en una pugna de vanidades y hace del encuentro con los grandes protagonistas happy hours de té y galletitas.
Si la calidad de nuestras vidas está determinada por la calidad de nuestro pensamiento, a esta última la determina la calidad de nuestras preguntas.
Aquellas elaboradas y dotadas de oportunidad, información exigente, pertinencia, humildad y valor para enunciarlas.
La próxima semana comienza en Cartagena el Hay Festival, que es una conversación de cuatro días. No hay que temer por los invitados –Mario Vargas Llosa, Herta Müller, Fernando Savater–, si los encargados de hacer las preguntas y encender la chispa entienden su misión. Al fin y al cabo, una buena pregunta es también el abrebocas de una buena charla. ¿O no?
Carlos Gustavo Álvarez G.
Periodista