¿En qué momento el estudio de las matemáticas dejó de ser una tarea de aritmética y pasó a convertirse en una pesadilla que quita el sueño a los estudiantes y muchas veces los lleva a escoger una carrera vaciada de números?
Convertidas en tormento, hoy están atravesadas como verdaderos estorbos en el tránsito de un grado a otro, asumidas como un conocimiento ajeno a la realidad, a la vida práctica y cotidiana.
Escribo desde mi visión de novicio, que transitó con agrado desde el Álgebra de Baldor hasta el Cálculo de Takeuchi, sin caer en la derivada de la desesperación. Tomé a conciencia la decisión de escribir, pero me quedó gustando la aritmética lúdica de ‘El hombre que calculaba’, y pude disfrutar catedráticos eximios como Francisco Lleras y Otto De Greiff, quien decía que las matemáticas se necesitan hasta en odontología… para sacar raíces.
Pero el asunto es serio. El país está trancado en ese aspecto, con muy regulares resultados en la despiadada competencia internacional. En The Global Information Technology Report 2010-2011, del World Economic Forum, Colombia aparece en el puesto 92 entre 138 naciones, con una calificación de 3,51 en la calidad de la educación en Ciencia y Matemáticas. Estamos a mitad del camino que conduce al excelente 7, que arañan países como Singapur, Bélgica, Finlandia y Qatar.
Como consuelo hay que remitirse al puesto 52 que ocupa Estados Unidos y que estamos sólo un lugar abajo de Uruguay, el mejor catalogado de Suramérica.
Tampoco nos ha ido bien en el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (Pisa), que en su versión 2012 hará énfasis… ¡en las matemáticas! Nuestra más reciente participación, en el 2009, nos dejó peor que en el fútbol.
El 38,8 por ciento de los estudiantes colombianos se ubicó por debajo del nivel 1 (son seis). El 70,6 por ciento de los alumnos no logra el desempeño mínimo establecido por Pisa (nivel 2), en el cual las personas están en capacidad de participar activamente en la sociedad.
“Tienen dificultades para usar la matemática con el fin de aprovechar oportunidades de aprendizaje y educación posteriores, pues no pueden identificar información ni llevar a cabo procedimientos que surgen de preguntas explícitas y claramente definidas”. Esta situación complementa nuestra marcada deficiencia en lectura.
Sólo 1,8 por ciento de nuestros representantes se ubicaron en los niveles 4, 5 y 6. En Suramérica, únicamente Uruguay situó a la mitad de sus estudiantes por encima del nivel dos.
¿Qué está pasando? ¿Fallamos en los métodos, en la forma de enseñanza? ¿Es otro fruto de la atención dispersa de esta generación ‘multitarea’ o de currículos anacrónicos?
Parafraseando a Steve Jobs: ¿cómo hacer que las clases obligatorias se vuelvan materias interesantes? Hay que resolver pronto ese problema.